El sector de Sevillana en Bogotá es uno de los lugares más contaminados del país, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam). La contaminación del aire, en niveles como los que tiene este sector, pueden causar enfermedades cardíacas, respiratorias y hasta cáncer.

 

 FOTO: Mateo Medina Abad

 

Al mediodía en el barrio Sevillana, al suroccidente de Bogotá, un ciclista respira con esfuerzo mientras cruza la autopista Sur. El deportista, que no debe pasar de los veinte años y poco menos de un metro con setenta de estatura, camina a la derecha de su bicicleta, cargada con aparatosos paquetes cubiertos en un plástico blanco. Él no se nutre de la naturaleza, más bien es una relación constante de sujeción, que solo lo agota. Tampoco lleva una trusa ceñida al cuerpo, como sus colegas que compiten en Europa, sino una bata percudida que alguna vez fue blanca. Mucho menos le pagan por montar en bicicleta, sino que por lo que le pagan debe hacerlo. El ciclista se dirige hacia las carnicerías, unas cuadras más al sur de la estación de Transmilenio que lleva el nombre del sector, La Sevillana, y aunque nunca conocerá la fama ni la fortuna de sus colegas europeos, se arriesga lo mismo en dos ruedas porque aquí respirar es un peligro.

 

La Sevillana tiene la peor calidad del aire en Bogotá. El indicador más común para medirla es el material particulado PM10 obtenido de calcular la cantidad de partículas inferiores a 10 micras que hay en el ambiente. La norma en Colombia, muy superior a lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), establece que este indicador se debe mantener debajo de 50 en el promedio anual. La Sevillana y, en general, Kennedy —la localidad donde está ubicado el barrio— se rajó en el 2017, haciendo que el Ministerio de Ambiente le exigiera a la Alcaldía Distrital tomar medidas para mitigar la contaminación.   

 

En lugares con altas concentraciones de material particulado, como La Sevillana, la OMS aconseja evitar la actividad física. El ciclista, entonces, más que un héroe es un mártir. Como dice Gilma Mantilla, médica epidemióloga, experta en los efectos del clima en la salud: “Con la exposición de la gente que monta en bicicleta, lo que estamos haciendo es aumentar la probabilidad de que esas personas tengan alguna patología”.

 

 

 FOTO: Mateo Medina Abad

 

 

Donde suele estar el cielo en Sevillana se ha instalado una placa gris cada vez más alimentada por las chimeneas de las fábricas. El humo sale, blanco y ágil, por el ducto de cada edificio —que alrededor son solo fábricas— y da vueltas como intentando escapar de la placa, como evitando sumarse a la concentración que le espera más arriba. Son las nueve de la mañana, pero la escasa luz hace que parezcan las cinco de la tarde. El sol no se muestra, lo que es prueba del grosor de la placa, y quienes caminan por la autopista Sur con avenida Boyacá a esta hora parecen saber a dónde van, pero, como el humo, no tienen muchas ganas de llegar a su destino.

 

Cerca de las carnicerías el olor a putrefacción cambia. No es más el aroma penetrante a cebada que llena las inmediaciones de Bavaria, sino uno más grueso: huele a sangre, a podrido. Huele a muerto. En el borde de la acera, casi sobre la autopista hay dos policías apoyados en barandas móviles como las que se usan en los conciertos y a su lado hay cinco jóvenes funcionarios de la Alcaldía que llevan chaquetas de ese tono de azul al que, en otro lugar, se podría llamar ‘cielo’.

 

Cuerpos de animales sin vida y sin piel cuelgan de gruesos ganchos de acero como haciéndoles calle de honor a los carros que circulan por la autopista hacia el sur. Las vitrinas de las carnicerías, con amplios vidrios de piso a techo y de pared a pared, muestran orgullosas este festín de la muerte. En una calle perpendicular a la autopista, ocurre todo lo que los funcionarios distritales que están a unos escasos metros deberían evitar. Es una vía sin asfaltar, llena de huecos y por donde circulan camiones pesados. Un carnicero bien podría estar en la calle porque se encuentra en el borde de la entrada de su local enchapado con baldosas blancas. Cuelga a otra víctima inerte del gancho y empieza a atacar su cuerpo. Cada cuchillada le da un corte distinto, que separa en la amplia mesa similar a una camilla de morgue, de esas de película gringa.

 

El mismo carnicero hace todo el trabajo y el río de sangre que desfila por la cuneta revela la doble intención de trabajar para ser observado: en primer lugar, el show de ver a un hombre hábil con los cuchillos, como ocurre con los famosos restaurantes Teriyaki que llenan el mundo y, por otro lado, la posibilidad de desechar de una buena vez la sangre.

 

 FOTO: Mateo Medina Abad

 

Yamireth Buitrago, de tez blanca, pelo rubio y ojos verdes, es de Caquetá y vive hace seis años en La Sevillana. El primer piso de su casa es una amplia tienda. En la mitad de lo que debería ser la sala, hay un estante que divide en dos el improvisado local, creando un pasillo a la derecha, donde están las verduras en canastas verdes, y otro a la izquierda, donde están los enlatados y otros productos no perecederos. Al fondo, frente a Yamireth, hay una fila de neveras con gaseosas, cervezas y quesos.

 

—Cuando llegó a vivir aquí, ¿notó un cambio en el aire?

 

—Sí, claro, hartísimo. Siempre le da a uno duro porque se le quiebran los labios, el cuerpo se reseca. Le da a uno de una vez gripa, tos. Es cosa impresionante porque la cara uno la siente como mantecosa, como si tuviera un bulto de harina.

 

Dice que se limpia la cara todas las noches “con la limpiadora Pond’s” y que el pañuelo termina negro. Según la epidemióloga Mantilla, en otros países se han reportado casos de lesiones psoriásicas por una larga exposición a material particulado, aunque esto todavía no ha ocurrido en Bogotá. Advierte, además, que estos efectos se observan a largo plazo y por ingerir el material particulado en alimentos o respirándolo. Lo que sucede en el cuerpo, cuenta Mantilla, es que “metales pesados pueden generar áreas en las cuales no llegue la irrigación sanguínea. Lo anterior produce como úlceras de las que se van cayendo pedazos de piel”.

 

En pocas palabras, así Yamireth se limpie la cara todas las noches, el aire que respira la afecta. Con su esposo, tiene una hija de dos años y dice que la niña no se ha enfermado porque “ella nació acá y los niños se adaptan”. Dice que cuando se van de viaje y regresan, sí los reciben días de gripa, y recuerda, sin preguntarle, que tiene un hijastro que sufre por el aire: “Él tiene una pulmonía aguda, ha estado en tratamiento y todo y es por la contaminación”. Su memoria le falla para acordarse de lo que padece el niño y tras enumerarle todas las enfermedades respiratorias agudas y crónicas que conozco, doy con la más común, que yo mismo padezco: asma. “Todo eso decían los médicos, que es por el polvo, por la contaminación”.

 

El asma se caracteriza porque dificulta la respiración en quien la padece y es de fácil diagnóstico, pues al respirar, el pecho expide un silbido que en medicina se llama sibilancia. Esta enfermedad, causada principalmente por la inhalación de polvo, afecta a 235 millones de personas en el mundo —más o menos la población de Brasil—, según la OMS. El hijastro de Yamireth es uno de los 205 niños menores de 5 años de Kennedy que en 2016, al acudir al médico por alguna gripa, este último asoció los síntomas con la contaminación. El piso de la tienda, de baldosas de superficie rugosa, está lleno de polvo y tierra. De entrada, las baldosas parecen entre grises y marrones, de un tono tirando al del cemento crudo.

 

—¿Cada cuánto hace aseo en la tienda? —pregunto.

—Todos los días, por lo menos dos veces al día.

—¿Por qué dos veces al día?

—Porque el piso es blanco.

 

 FOTO: Mateo Medina Abad

 

 

“El Iboca dice que todo está bien, más o menos”, dice entre dientes Alejandro Casallas, ingeniero ambiental. Se refiere al Índice Bogotano de Calidad del Aire, la regulación adoptada por el Distrito, que además creó la Red de Monitoreo de Calidad del Aire en la ciudad. Existen 13 estaciones fijas en toda la ciudad que miden en tiempo real las concentraciones de material particulado; una de ellas está en La Sevillana, y sus registros de PM10 en las últimas 24 horas, no bajan de 180 por esta época del año.

 

En un estudio que está realizando el Instituto de Servicios y Estudios Ambientales de la Universidad Sergio Arboleda, donde trabaja Casallas, miden la calidad del aire en las inmediaciones de la institución y han llegado ya a varias conclusiones. La primera es que 13 estaciones son muy pocas para tener una medida acertada. “De una cuadra a otra la calidad del aire cambia muchísimo”, según el ingeniero, pero la red de la Secretaría de Ambiente ni siquiera alcanza a tener una estación por localidad. La concentración de material particulado aumenta con aire, fuentes móviles y fuentes fijas.

 

Para Casallas, “más allá de que la mayoría del viento aquí en Bogotá venga del nororiente hacia el sur”, lo que hace que se arrastre toda clase de partículas, “el sur de la ciudad tiene la industria, la fuente fija que más produce emisiones”. Agrega que en Kennedy, “además de la industria y el viento, quedan los camiones que llegan, por ejemplo, a Corabastos” y que por su precaria tecnología contaminan tanto como la fábrica misma.

 

—¿Qué acciones se están tomando?

 

—Ninguna, el día sin carro, será. Pero el día sin carro no sirve para nada, porque baja las emisiones de carbono solo un día, y los carros particulares son los que menos contaminan.

 

—¿Qué acciones se pueden tomar, entonces?

 

—Lo primero sería cambiar los camiones, traer unos más modernos. También mandar auditores a comprobar si lo que las estaciones están mostrando es cierto y, de paso, poner una mejor Red de Calidad del Aire, porque la que tenemos se quedó corta. Otra cosa es que hay que especializar a la gente, muy poca gente se dedica a estudiar el aire, salvo los ingenieros ambientales y los químicos, pero la mayoría prefiere el agua y suelos.

 

Al terminar la conversación, Casallas propone otra solución. Afirma que se trata también de un problema de conciencia estatal y ciudadana. Indica que la gente debe entender que su salud se está viendo afectada, y el gobierno, entonces, debe gastar más dinero por habitante para prevenir y curar esas enfermedades.

 

—Sí, a largo plazo se vuelve un problema que afecta la salud pública —digo parafraseándolo

 

—A la salud pública y al dinero público— me corrige.

 

 FOTO: Mateo Medina Abad

 

Bajando por la calle 45 Sur hay una casa de tres pisos con ladrillo al desnudo en frente a la fábrica de Bavaria. Como todas sus vecinas, tiene un antejardín descuidado, puerta metálica, barrotes en las ventanas y tres timbres, uno para cada piso. La casa es distinta por dos cosas: es un hogar comunitario del ICBF y en la puerta cuelga una cartelera azul pastel que dice “¡Cuidemos el aire! Día Mundial del Aire Puro”, entre garabatos hechos con crayones y un planeta Tierra muy cansado en el centro.

 

Luego de timbrar en el piso 1 —el botón dice “Jardín”—, Blanca se asoma por los barrotes de la ventana, como se suele hacer cuando no se espera a nadie. Es una madre comunitaria y ha hecho la cartelera de la entrada con los niños hace unos días.

 

—¿Usted ha sentido los efectos del aire en su salud?

 

—Claro, uno se la pasa con gripa. Yo he vivido toda una vida aquí con mi familia y mi esposo se la pasa tosiendo. De los niños de aquí, la mayoría tiene problemas respiratorios y es todo por la contaminación.

 

—¿Por qué cree que este sector es tan contaminado?

 

—Los carros y los camiones que salen de todas estas fábricas le echan el humo a uno. No es sino quitar cualquier cuadro que lleve un rato colgado en la pared y se ve el parche blanco y la pared negra.

 

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