La copa menstrual ha ganado popularidad en los últimos años por ser una alternativa que no produce desechos y no contamina como las toallas higiénicas y los tampones. Sin embargo, existen muchas prevenciones y tabúes sobre su uso. Una periodista aceptó el reto de utilizarla y descubrió mucho más que un dispositivo de higiene íntima.

 

 

No recuerdo la primera vez que escuché sobre la copa menstrual, pero en los últimos meses el número de mujeres que la usa ha aumentado y, en cierta forma, eso me causó curiosidad. Sabía que para muchas usarla es una manera de ayudar al planeta, de reducir los desechos y la contaminación, pero me preguntaba por qué, más allá de eso, tantas mujeres la quieren y la recomiendan.

 

Así que antes de usarla indagué, quería saber de qué se trata todo esto que causa controversia en el mundo femenino. En ese momento fue cuando averigüé que no es algo que se haya inventado hace unos pocos años, sino que a finales del siglo XIX ya existían algunas versiones rudimentarias de este dispositivo y, en 1973, Leona Chalmers, una actriz estadounidense, lo rediseñó, lo patentó y lo sacó al mercado, aunque su éxito no tuvo tanta resonancia, pues se vio opacado por la popularidad que tuvieron los tampones en aquella época. Sin embargo, hoy en día la copa se retomó y se ha hecho popular por la necesidad de usar alternativas diferentes acordes con la conciencia ambiental y la comodidad de la mujer.

 

Cuando fui a comprar la mía me sentí un poco desorientada, porque no supe cuál era la adecuada, pues, aunque la mayoría de copas están fabricadas con silicona médica existen diferentes tallas, colores y marcas. De hecho, se pueden escoger según la edad de la usuaria, su tamaño y la cantidad de flujo. Por eso empecé a buscar la que se ajustaba a mí y a lo que quería, a pensar por primera vez cómo funcionaba mi ciclo, pues necesitaba algo que fuera acorde con mis necesidades.

 

El primer impacto

 

Para ponerme la copa tenía que introducirla en mi vagina. Y en realidad era raro tocarme, sentirla, pues nunca me enseñaron a ser curiosa, a explorarme y ver qué podía significar conocer mi parte genital y sexual. Por eso me la quería poner rápido, porque me sentía extraña acomodándome la copa. Ese día caminé media hora y el pánico que sentía de mancharme era exagerado, pensaba que todo el mundo me miraba, y tenía una sensación de extrañeza de solo recordar que tenía algo dentro de mí.

 

A la media hora de habérmela puesto, fui al baño de mi casa y, al mirar mis pantis, vi que efectivamente tenía una mancha roja de sangre. Me sentí un poco frustrada porque pensé que me la había puesto mal y que seguramente esto se iba a repetir en los próximos días. Sin embargo, lo más tedioso fue tratar de sacar la copa de mi cuerpo: me daba miedo tocarme y fue muy difícil al principio, porque no sabía cómo hacerlo, cómo sacar ese dispositivo sin sentir incomodidad. Ahí fue cuando recordé a Gabriela Rivera, creadora de Flowfem, una marca que vende copas menstruales, quien me explicó cómo extraerla: “Lo primero es no asustarse, pues el canal vaginal tiene el tamaño de un alfiler, por lo que la copa no va perderse ni irse a ningún lado. Lo segundo, es hacer contracciones vaginales para que vaya bajando y finalmente se pueda sacar desde la base”, me dijo. Entonces eso fue lo que hice y la incomodidad desapareció.

 

 

 

Ver, por primera vez, la sangre pura, como es realmente, sin estar regada a lo largo de una toalla o concentrada en un tampón, fue revelador. En realidad, el flujo que se tiene durante estos días no es tan abundante y tampoco huele feo. De hecho, investigué el porqué de esta diferencia y encontré en el blog de ConSentidoVerde, una tienda en línea comprometida con la construcción de la conciencia del consumo sostenible en Colombia, que las toallas y los tampones son mucho más contaminantes de lo que creemos, pues contienen químicos que no son amigables con el cuerpo ni con el medio ambiente. Por ejemplo, el asbesto es utilizado para que las mujeres sangren más y terminen usando más de estos productos; la dioxina, que se usa para blanquear las fibras del tampón y las toallas, es altamente cancerígena; el poliacrilato, un polvo blanco, es un absorbente poderoso y se ha relacionado directamente con el shock tóxico y, finalmente, el rayón es un químico que se utiliza para retener altas cantidades de fluidos y produce humedad y un aumento anormal en la flora bacteriana de la vagina, lo cual produce irritaciones e infecciones urinarias.

 

Al leer todo esto, quedé asombrada y pensé en cuantas toallas usé, cuantas deseché y cuantos químicos me han afectado directamente. Además, una toalla en promedio se demora quinientos años en degradarse, y si uso cinco al día, estoy generando trece mil desechos a lo largo de mi vida fértil. Desechos que en realidad se pueden evitar.

 

Todo esto me motivó a seguir usando la copa, a pesar de que no me sentía del todo cómoda. Sabía que estaba generando un cambio y que, a pesar de que no era fácil, era algo a lo que estaba totalmente dispuesta.

 

El proceso de adaptación

 

Al día siguiente, tenía que salir de mi casa casi todo el día y al ponerme la copa fue igual que el día anterior. No quería tocarme más allá de lo necesario. Así que me la puse rápidamente y empecé a hacer mis actividades normales y, en el trajín del día se me olvidó que la tenía, pero cuando lo recordé, entré en pánico, porque si me había manchado la primera vez, existía una posibilidad de que esta vez me volviera a pasar.

 

 

Al mirarme de nuevo los pantis, estaba manchada, y otra vez la frustración vino a mí. No entendía cómo, si las mujeres con las que había hablado se sentían bien, cómodas y podían hacer actividades de alto impacto, yo no lo lograba. Entonces volví a recordar a Gabriela, ella me había dicho que acostumbrarse a la copa era un proceso, una manera de reconocerse, de explorarse, conectarse con el cuerpo y con el ciclo menstrual y que también implicaba práctica y paciencia.

 

Entonces me volví a poner la copa, pero esta vez hice algo que no había hecho la vez anterior: decidí tocarme más, sentir la rugosidad de mi vagina y asegurarme de que tenía la copa bien puesta. Si me estaba manchando era porque no la estaba acomodando adecuadamente. La metí un poco más al fondo, la giré suavemente, tal cómo me lo indicaron, y al sentir que no se movía supe que estaba bien puesta.

 

 

“Uno de los retos de la copa es educar”, me dijo Gabriela. Y realmente no lo creí hasta que lo experimenté. Es verdad, la copa me despertó la curiosidad de conocer mi anatomía, de entender cómo es realmente mi ciclo, de tener control y conciencia sobre este. Y poco a poco empecé a dejar de lado esa vergüenza que me inundaba al reconocerme, a ver más de cerca cómo funciona mi ciclo y entender la conexión que puede generar con mi cuerpo.

 

 

 

 

Al final

 

En los últimos días comprobé que la mayoría de las mujeres pasamos por un proceso similar. A parte de Gabriela, tuve la oportunidad de hablar con otras mujeres que ya llevan un buen tiempo usando la copa menstrual y concluí que a todas nos suceden cosas similares. Todas empezamos con miedo e incomodidad de hacer algo nuevo, algo que nos va reconectando con nuestro cuerpo. Todas exploramos de a poco el esfuerzo que exige la copa para reconocernos, para entender nuestro ciclo, para verlo de cerca y quererlo. Todas fuimos entendiendo cómo el cuerpo y la fuerza femenina actúan con una complicidad auténtica. Todas empezamos a ser conscientes del impacto que se genera con respecto al ambiente. Todas cuestionamos la manera como nos han educado en relación con nuestro cuerpo. Todas fuimos perdiendo la vergüenza. Todas terminamos queriendo la copa.

 

 

En mi último día tuve la oportunidad de hacer un proceso de retroalimentación. “La copa ayuda a cuestionar todo lo que nos rodea”, me explicó Gabriela al preguntarle sobre su experiencia. Nunca pensé que fuera así, como ella me lo dijo, pero en realidad sí fue un proceso que empezó por mera curiosidad y terminó en un replanteamiento de varios aspectos mi vida, pues ahora pienso en qué consumo, cómo me alimento, qué ropa uso, qué productos elijo para mi cuerpo.

 

Con el pasar de los días y mientras me iba sintiendo más cómoda, empecé a contarles a mis amigas sobre este descubrimiento con la intención de sembrarles un poco de curiosidad. Todas estaban indecisas, tal vez dudaban de lo que les contaba y, por eso, decidí investigar más.

 

María Alejandra Cifuentes es médica ginecobstetra de la Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud (FUCS) y asegura que el uso de los productos higiénicos de la mujer es de total preferencia personal. Al preguntarle por las ventajas de la copa, explica que, al no tener contacto con la piel, ayuda a evitar irritaciones e infecciones. También aclara que se debe tener un uso adecuado e higiénico para poder lograr un buen funcionamiento y, además, se refiere a los beneficios que tiene con respecto a las toallas y tampones en términos de comodidad y durabilidad, gracias a la silicona médica hipoalergénica de la que está hecha la copa.

 

En Europa ya la utiliza una gran cantidad de mujeres; en Estados Unidos está cogiendo fuerza, y en América Latina aún está en proceso de reconocimiento. En Colombia, por ejemplo, no hay una marca que produzca la copa, lo que la hace costosa y hasta difícil de conseguir. Sin embargo, a medida que las mujeres decidan pasarse a ella, las posibilidades de que sea asequible aumentan, pues si sube la demanda, también lo hará la oferta y los precios bajarán.

 

Gabriela, que es una de las mujeres que ayudan a distribuir y a dar a conocer la copa menstrual, dice que es importante tener cuidado al comprarla, pues deben tener unos certificados que prueben que son aptas para el uso. Las fabricadas en Estados Unidos deben tener las certificaciones FDA, ROSH y el ICI9001, que son esenciales para comprobar su calidad.

 

En los últimos momentos en que la usé, realmente le empecé a coger cariño: cada vez era más fácil ponerla y sacarla sin dolor y sin mancharme. Cerré mi experiencia reflexionando sobre cómo he tratado mi cuerpo durante toda mi vida, sobre cómo me he reconocido. Siempre tuve vergüenza de mis genitales porque no los conocía en su totalidad y, aunque nunca lo he querido, estaba llena de tabúes frente a la sexualidad y la anatomía femenina. En definitiva, mi primera vez con la copa fue incómoda y retadora, pero ¿qué cambio no es así?

 

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