"¿Tú quieres saber quién soy yo? Te voy a decir quién soy: fui sicario, ladrón, drogadicto, tengo otra hija que tampoco nunca le he dado nada", le advirtió el señor M. a Paloma y le lanzó una mirada tan aterradora que ella sintió que un "frío" le recorría la espalda y le erizaba la piel. Fue en ese momento cuando entendió que se había casado con un "monstruo".

 

 Ilustración por Natalia Latorre

 

Paloma era una mujer amable, sonriente, ese tipo de persona que se alegra por la felicidad de otros, que prefieren renunciar a la pelea para no entrar en discusión con nadie, que no se quejan de nada, que todo lo acepta. Rodeada de amor creció poniendo a los otros antes que a ella. La devoción hacia su familia era absoluta. Su madre dirigió la casa toda su vida, trabajando fuerte mantuvo el hogar donde nunca les faltó nada. El matriarcado primó sobre su contexto personal, creció con valores conservadores y bajo las ordenes de una familia vigilante.

 

Todo comenzó una noche de octubre, ella acababa de finalizar una relación de ocho años, su expareja partió a estudiar fuera del país y Paloma se encontraba triste sin él, sus amigas lo sabían y decidieron invitarla a pasar una noche de fiesta y diversión. Sin darse cuenta se enrolló en un torbellino de copas y baile que se detuvo al día siguiente en la cama de un hombre a quien conoció esa misma noche.bUn mes después, extrañó la llegada de su periodo y decidió hacerse una prueba de embarazo, la prueba resultó positiva. Con malestar en el estómago y un nudo en la garganta sintió que el mundo se le venía encima y solo hasta ese momento se detuvo a pensar que un desconocido sería el padre de su bebé.

 

 

 Ilustración por Natalia Latorre

 

 

“Él me dijo que nos casáramos, yo no era una niña de 16 años, era una mujer de 25, ya podía asumir un embarazo”, relató. En aquel momento, sintió una lucha interna entre su herencia conservadora y la posibilidad de aceptar la propuesta.“Yo pensaba en el qué dirán: quedó embarazada de un hombre que conoció anoche y se acostó con él”. Presionada por su madre, quién les cedió un apartamento, se fueron a vivir juntos.

 

A los tres meses de vida en pareja, ella se dirigió a él con su decisión de suspender la boda, Paloma no terminó de explicarse cuando M. estalló en ira. “Esa fue la primera noche que él me maltrató físicamente, rompió toda mi ropa… me empujo contra la pared y me encerró”.

“¡No permitiré que me quite a ese bebé!”, le vociferó él.

 

Pasado un día M. actuó como si nada hubiera ocurrido; todo estaba bien, la noche anterior no había sucedido. Paloma atribuyó sus actitudes violentas al alcohol, pues M. empezaba a beber una vez llegaba del trabajo. A pesar de esto, él siguió insistiendo de manera más tranquila su deseo de casarse con ella e iniciar una familia juntos.

 

“Al día siguiente de casarnos me confesó quién era realmente: un hombre sin escrúpulos, que había matado, consumía droga en exceso y robaba sin tener el más leve sentimiento de culpa o remordimiento. Yo me quedé muda. Pensé en irme, en nunca volver a verlo. No sabía qué hacer, a dónde huir. Cómo contarle a mi familia que estaba viviendo con mi propio asesino”.

 

“Él me dijo: si usted se va, yo sé dónde vive toda su familia, a usted ni se le ocurra pensar en irse”. Aterrada y cercada no lo quedó otra salida que quedarse con él.

 

En adelante cada día fue peor que el anterior, ella descubrió que este hombre la iba despojando de su voluntad, libertad y autonomía. Cosas tan pequeñas como dejar podrir un tomate en la nevera la atormentaban, eran el tipo de motivos para desatar al “monstruo”.

 

Ilustración por Natalia Latorre

 

“A mí todo me salía mal, si trapeaba mal se daba cuenta y se ponía furioso. Me tiraba en la cara el tomate dañando. Yo únicamente pedía perdón y me repetía a mí misma: el error fue mío, yo fui la que cometió el error, si me está pegando es porque fui bruta y dejé dañar el tomate, me lo merezco”, evocó con el ceño fruncido, cargado de rabia.

 

“Mi hija fue concebida bajo el efecto del alcohol. Imagino que también habrá consumido droga, nunca supe si consumió o no”.

 

En el quinto mes de embarazo ocurrió uno de los episodios más terribles de su vida en pareja. Luego de limpiar la casa, bajo la lógica de la perfección, él descubrió un trazo de suciedad que sacó ese lado oscuro que lo habitaba. En un arrebato de ira levantó a Paloma, la lanzó contra el piso, y como si tratara de una bola de boliche se resbaló hasta estrellarse contra la pared. Desde el piso, ella aún aturdida, lo vio acercarse "como en cámara lenta". Aún recuerda con dolor el puntapié en el vientre y esa sensación de miedo ante la posibilidad perder “el bebé”.

 

Cuando el monstruo desapareció corrió a ayudarla y le rogó perdón pero con la carga reiterativa de que todo era su culpa, que si hiciera las cosas bien él no tendría por qué recurrir a la violencia para “enseñarla”. Paloma estaba tan malherida que fue necesario llevarla a urgencias; existía el riesgo de un aborto espontáneo y ella lo sabía. En el momento salía de la casa M. le advirtió: “No vaya a contar que le pegué, diga que usted se cayó por descuidada y por eso está así de lastimada”. Ella asintió y partieron.

 

—¿Nunca pensaste en denunciarlo? — pregunté.

 

—Sí, muchas veces, pero me daba miedo —respondió, con timidez, frotando sus manos.

 

—Hasta el médico muchas veces me pidió decir la verdad, pues sin la denuncia oficial no hay mucho que pudiera hacerse, pero yo no quería, tenía miedo.

 

Con siete meses de embarazo, Paloma no dejó el cigarrillo, lo convirtió en su salvavidas en aquellos momentos de ansiedad y dolor, la depresión que sentía era latente, como un árbol que extiende sus ramas alrededor de un poste hasta rodearlo, ella se sintió ahogada sin lugar a dónde huir, no quería vivir más en esa realidad de golpes y amenazas.

 

 

Ilustración por Natalia Latorre

 

El día del parto los médicos le informaron a Paloma que su hija nació con un problema pulmonar debido a la alta cantidad de tabaco que consumió durante la gestación, además de esto la pequeña tuvo displasia de cadera, evidencia de los fuertes golpes que recibió en el abdomen.

 

La voz se le tornó cansada, como la de alguien que corrió tanto que necesita dormir por horas, y dando un gran suspiro me dijo: “Él necesitaba sentir perfección y control absoluto sobre todos los aspectos de su vida. Un día dejó encerrada a mi hija en el cuarto por cinco horas hasta que le dijera perfectas todas las figuras geométricas”.

 

“El jardín infantil me llamó a contarme que mi hija empezó a tener conductas de manipulación, en esa época ella tenía cuatro años”, prosiguió, cada vez más cansada “pero claro, eso era lo que ella veía de mí todos los días, yo le decía: hija no le vayas a contar a tus abuelitos que tu papá me pega, no le vayas a contar nada a nadie, cada vez que te pregunten tu solo di que todo está bien”.

 

 

Tras peleas y desacuerdos continuos Paloma se distanció durante un tiempo del señor M. En esta época, como toda mujer, sentía la necesidad de volver a sentirse bella y deseada, de manera que contactó con su exnovio que ya había regresado al país; aunque él ya estaba casado y tenía su familia, le decía lo mucho que la amaba, le relataba ideas de cómo sería su vida juntos si todo hubiese sido diferente.

 

“Empezamos a tener una relación sexual por chat, sexo virtual, conversaciones muy íntimas. Estaba feliz, sentía que me estaba vengando de mi abusador, lo disfrutaba, no me importaba engañarlo. Soy feliz siendo la amante, a la amante no le toca trapear, ni cocinar, ella vive mejor que la mujer”, se repitió muchas veces Paloma pensando en sus decisiones.

 

En un punto me mira seria y me dice: “Todo iba bien hasta que sentí culpa”. Paloma nuevamente sintió una lucha interna entre sus valores conservadores y su deseo de ser una nueva mujer liberada y sensual. Pero le ganó la culpa y siguiendo sus valores conservadores creyó que su hija no debía crecer alejada de su padre. “Ahí cometí el peor error de mi vida, volví al infierno del que había escapado, mi matrimonio”.

 

Seis meses después de regresar junto a él, la aventura de Paloma pasó a segundo plano. La relación no tenía, insultos, ni violencia, solo una familia compartiendo bajo el mismo techo. Un día ella dejó su computador desbloqueado a pedido de M. que lo necesitaba, y como él sabía de sistemas no le fue difícil revisarlo detalladamente hasta encontrar las conversaciones del amorío virtual de su esposa, durante el tiempo que no estuvieron juntos.

 

 

Ilustración por Natalia Latorre

 

“Eran las 12 de la noche, yo estaba profunda cuando él me levantó de la cama a patadas, me gritó: "¡Perra hijueputa!, maldita perra la voy a matar, me entrega ya mismo la clave de su Facebook". Me tomó por el cuello y empecé a ver blanco, a sentir que me moría. El tipo reaccionó y me dijo: “si no me entrega ya la clave usted no sabe lo que le voy a hacer". Le entregue los datos bajo amenaza, claramente. Él publicó todas esas conversaciones sexuales del Facebook y mi familia, amigos y contactos se enteraron de lo que hacía en mi vida privada".

 

"A la una de la mañana mi abusador pidió trago, luego me arrastró por el piso, me llevó al cuarto y ahí me violó. Mi hija debió escuchar absolutamente todo. Me penetró por atrás, sentí que estaba mojada, tenía sangre, me violó. Yo lloraba, le suplicaba que ya no más, que me dolía: “te lo pido, te lo pido ya no más”. No paraba, él estaba completamente loco, pensé: “de aquí yo no salgo viva, hasta aquí llegué”. Me pegó muchísimo, pero ya no sentía nada solo que mi mente estaba ida. Recuerdo que mis papás llegaron, lo calmaron y él se fue a dormir. Yo me quede en la sala y no recuerdo más”.

 

Paloma pidió el divorcio, pero el Señor M. se negó. “Como quién dice: usted va a sufrir, la voy a tener así todos los días de su vida”, contó ella con la voz entrecortada. Llegó al punto en que la mamá intervino pidiéndole a M. que firmara los papeles del divorcio y la dejara ir. Pero eso no sucedió. Los días se tornaron lentos y monótonos, él se iba a trabajar, ella llevaba a su hija al jardín, arreglaba la casa mientras fumaba, preparándose para una golpiza en la noche. Esto continuó por tanto tiempo que Paloma no recuerda con seguridad cuánto.

 

Una tarde cualquiera, M. llamó a su esposa y decidido le dijo: “¿Sabe paloma?, la voy a perdonar, vamos a empezar completamente de cero”. Ella confundida, pues no creía en las palabras de aquel hombre y sin esperar ningún cambio, accedió. La sorpresa que se llevó fue grande cuando al pasar de los días, M. se transformó en una persona completamente diferente.

 

“Él era otro, cariñoso y especial, no tenía la costumbre de llamarme, pero empezó a hacerlo, a preguntarme por mi día. Me sorprendía, llegaba con regalos a la casa, un caramelo, un pijama, cosas de ese estilo”. Estos detalles la hicieron creer por un momento que podría lograr una estabilidad junto a su familia.

 

Dos meses más tarde sonó el teléfono, Paloma contestó, era un amigo de la familia quién sin saludarla le dijo: “No sé si sabes que M. y mi esposa llevan muchos años de amantes, anoche ella me lo confesó y me informó que se van a vivir juntos”. En ese momento, quedó en pasmada. “Me sentí estúpida­, me dice con rabia, ­él sí tuvo derecho a vivir su vida, pero yo no”.

 

Al llegar a casa Paloma lo confrontó, le exigió nuevamente el divorcio él lo único que le respondió fue: “Sí, es verdad, esa es mi venganza, pero usted de aquí no se va a ir, se va a tener que aguantar que venga, porque voy a traerla aquí y vivirá con nosotros”.

 

Y así fue, un sábado en la tarde cuando Paloma volvió a casa del mercado, se encontró con esta mujer en su casa.

 

—¡Váyase de mi casa, respete no sea abusiva! —le gritó Paloma.

 

—No, ahora seré la mujer de él y usted ni crea que se va a ir de acá —respondió.

 

Seis meses transcurrieron en esa nueva dinámica, aquella mujer viviendo en su hogar, su esposo maltratándola en frente de su amante, sin ella poder hacer nada al respecto. “Yo no podía irme, él no me dejaba, solo me pegaba”, narró ella esquivando la mirada.

 

“En ese momento me tiré al piso y dije: Dios ya no puedo más, yo quiero irme con mi hija, pero no puedo mover los pies, ni defenderme. ¿Por qué no puedo? Quisiera cachetearlo, darle puños, romper los platos encima de él, pero siento mis manos bloquearse. A veces pienso en los momentos en que pude irme, él nunca me dejó encerrada en la casa, solo tenía que coger mis cosas y a mi hija e irnos de ahí pero nunca pude. Él me repetía que yo no sería capaz de hacer nada alejada de la sombra de mi mamá y yo le creí, pienso que me quedé por miedo a hacer algo por mi cuenta”.

 

Ilustración por Natalia Latorre

 

Un domingo, como cualquier otro, M. estaba acostado en cama después de haber bebido toda la noche, Paloma se acercó temerosa a preguntarle: “¿Qué pena, va a almorzar? “¡No me joda!”, respondió él y le lanzó un puño en la cara que la tiró al piso. “Yo no sé qué me pasó, en un arrebato cogí el palo de la escoba con muchísima rabia y se lo partí en la cabeza, rajándole el lado derecho de la cara, desde la frente hasta el mentón”, contó ella algo desconcertada.

 

En ese momento M. se levantó y la miró, con una expresión de tranquilidad y le dijo: “esa fue la mujer que siempre quise conocer, que no se dejara, que no permitiera el maltrato, siempre quise que reaccionara, que se defendiera”. Ella completamente muda dejó que él prosiguiera: “Esa fue la esposa que siempre quise tener que se defendiera de este monstruo que soy yo porque yo soy un monstruo, no tengo raíces, no quiero a nadie, no tengo nada que me ate. Usted fue una pendeja que permitió que yo le pegara, puede irse yo también ya me voy”.

 

“En ese instante mi hija pensó: mi mamá reaccionó, por fin le pegó a mi papá”. Me dijo: “Mamá por fin te defendiste, por fin vi que le hicieras algo, te pegó muy duro”.

 

–¿Qué sentiste en ese momento? – le pregunté con curiosidad

 

–Yo no entiendo de dónde saque la fuerza para pegarle, pero recuerdo tanto el sentimiento de satisfacción tan grande que sentí ese día.­ ­–respondió, exhalando profundamente.

 

“Hace cinco años no sé nada de él, nunca le he exigido nada para mi hija, es la tranquilidad que necesitaba. Yo a él nunca le importé, nunca me pidió perdón, solo me repetía que todo aquello que viví fue porque me lo merecía”.

 

Actualmente Paloma está lejos de donde vivió toda esta violencia, con cicatrices en su cuerpo y desconfianza de los hombres, vive un proceso que le tomará años vencer, debe reencontrarse con ella, sanar para sus heridas y las de su hija.

 

¿Será que soy la única mujer que permitió esto en su vida? –me preguntó, con ojos llorosos y a lo que solo pude responder negando con la cabeza, mientras sentía un nudo en la garganta y sensación de malestar en el estómago.

 

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