Viajar para transformar(nos)

El siguiente texto nace de una reflexión a partir de la charla “Viajar para contar(nos)” dirigida por Sabina Duque, Alejandro Torres, Diego Cobos y Santiago Gamboa en el Festival de Periodismo Gabo 2018 en Medellín.

 

 Ilustración por Juliana Abdala

 

Gracias al sonido que emite el pájaro Guacabon pareciera que la frase “se acabó se repitiera una y otra vez en medio de las selvas de Colombia; sucede, sin embargo, que para algunas de las comunidades que comparten territorio con el pequeño animal no es nada grato escuchar este canto, ya que es visto como una premonición de muerte. La cuestión es así: si el Guacabón está cantando desde un árbol cuyas hojas están verdes significa que alguien, probablemente un habitante de la casa más próxima se va a morir, pero si, por el contrario, el pájaro está en un árbol con las hojas secas, para la tranquilidad de todos, simplemente está pidiendo agua.

Las creencias como esta son muchas: hay para quienes las lechuzas son un indicio de que una  mujer está embarazada, o quien cree que las mariposas rondando por la casa significa que la visita no demorará en aparecer; así, el realismo mágico de Gabo se torna más realidad que magia para una gran parte de la población colombiana y estas ideas se terminan traduciendo en prácticas que condicionan la forma de existir de quienes viven en un mundo que no se rige por las leyes de la ciencia.

 

Ahora bien, lo más probable es que para muchos estas creencias no tengan ningún sentido ni fundamento, claro, es que estamos acostumbrados a que aquello que no está científicamente comprobado simplemente no es o no existe. Resulta entonces que muchas veces nuestros acercamientos a estas otras formas de ser y de estar en el mundo se hacen a partir de ideas preconcebidas y desconocedoras, sin darnos cuenta de que muchas veces estamos subvalorando cosmovisiones ancestrales complejas que tienen como punto de partida la existencia misma.

 

Se suele ignorar el hecho de que, del encuentro de formas diferentes de habitar este mundo que a fin de cuentas compartimos, pueden surgir grandes conclusiones sobre la vida, la muerte o la relación con los demás. Por consiguiente, si damos cabida a la idea de que la diferencia es riqueza y de que la hegemonía, por el contrario, es silenciadora y violenta, podríamos tal vez vivir en un mundo en donde muchos de los problemas que tenemos ya se habrían solucionado, o tal vez nunca hubieran existido, pero esto no va a suceder si seguimos enamorados de la idea de que la nuestra es una única forma correcta de vivir. Necesitamos observar sin lentes y escuchar sin juzgar.

 

¿Qué hacer entonces con esto que escuchamos y observamos? ¿cómo hacerlo comprensible, audible, tangible?  La escritura aparece como una herramienta poderosa para dar vida a aquello que nace de este encuentro de mundos diferentes. Así pues, a partir del acercamiento entre una persona y un lugar que le es desconocido se producen transformaciones en ambas partes que, de ser aprovechadas,  pueden revelar y desplegar nuevas posiciones y nuevas críticas constructivas. Ocurre que, al plasmar estos resurgimientos en el papel, se está haciendo que pasen al plano de lo real, de lo tangible y de lo comprensible y se está logrando, por ende, que se de paso a nuevas posibilidades de ser y de estar en el mundo.  

 

 De izquieda a derecha Santiago Gamboa, Diego Cobo, Alejandro Torres y Sabrina Duque en Conversatorio Viajar para contar (nos), Festival GABO 2018. FOTO: Mateo Medina.

 

No se trata de escribir desde un ojo externo y sabelotodo que contaría al Guacabón como una criatura fantástica y sacada de la imaginación, si no por el contrario, de encontrar en él una realidad increíblemente poderosa y tan válida como cualquier otra. En este punto cabe la pregunta “¿Qué derecho tenemos de contar a los demás?” si no conocemos realmente la relación con su territorio y tampoco conocemos los orígenes de sus costumbres “¿cómo entonces escribir algo al respecto?” Ante esto creo que hay que hacer y hacerse todas las preguntas que sean necesarias, hay que vivir con las comunidades, hay que ponerse en sus zapatos, en sus chanclas o en sus pies descalzos, para así lograr el mejor acercamiento posible. No se trata, no obstante, de preguntar por preguntar, si no estando convencidos de que todo aquello que se ve, se escucha y se vive también es una verdad y por ende es sagrado.

 

 Escribir desde un lugar diferente al que estamos acostumbrados a habitar es darse la oportunidad de sorprenderse con las cosas más simples, es volver a conocer el mundo como si fuéramos niños pequeños, es conocer que el universo es más grande de lo que creemos y que las posibilidades son infinitas. No obstante, para que esto ocurra, tenemos que aceptar eso, la infinidad, la infinidad de posibilidades de habitar y de ser, la infinidad de mundos dentro de este mundo. Porque si no aceptamos la existencia de algo, lo rechazamos, y por ende no lograremos verlo así este delante de nuestras narices.

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