Versión online columna NYT, tomada el 24 de octubre de 2018

 

La columna anónima del New York Times titulada “Soy parte de la resistencia dentro del gobierno de Trump” carece de credibilidad. Si bien da a entender la incapacidad de Trump para gobernar y el trabajo arduo de los funcionarios para frenar sus malas inclinaciones políticas, no aporta nada que la sociedad no sepa. Para la mayoría, no es sorpresa que Trump sea una persona impulsiva, muchas veces conflictiva y amoral. Realmente, lo único que hace este escrito, es que el tiempo y el esfuerzo que ha tomado el periódico para establecer confianza con sus lectores se desvanezca, porque no establece datos que permitan justificar la veracidad de los hechos, ni muestra la doble cara de la moneda. Solo se escucha el relato de los héroes y no la del villano. ¿Es esto justo para los lectores?

 

Si bien el periódico menciona que es preciso publicar la columna anónima para proteger el empleo del funcionario que hace las declaraciones, tal vez no era necesario hacerlo por esta vía. Tampoco estoy de acuerdo con el NYT cuando dice que publicar el ensayo sin firma es la “única manera de ofrecer una perspectiva importante” para sus lectores, pues existen otras maneras como haciendo una investigación exhaustiva del tema, entrevistando a otros funcionarios e incluso a Trump.

 

Según Martín Vivaldi, la columna es “un espacio fijo que un medio asigna a una firma”, o mejor dicho, precisamente es la firma quien enriquece el texto para otorgarle una identidad y darle continuidad. Además, el profesor español Bernardo Gómez Calderón enfatiza la importancia del vínculo que se establece entre los columnistas y sus lectores, “un vínculo casi familiar que garantiza la fidelidad de un público hacia el medio impreso”. En otras palabras, es una cercanía, a veces llena de complicidad con el periodista. Entonces, si no hay firma, ¿quién se encarga de establecer este vínculo?

 

Muchos se preguntan por qué es tan difícil construir confianza, pero tan fácil romperla. Esto, es algo que ya sabía el Times, cuando vivió momentos críticos como el caso de Jayson Blair en 1998; el periodista de asuntos nacionales que plagió más de 70 notas e inventó numerosas historias por cuatro años. Desde ese entonces, el periódico tomó medidas más fuertes para preservar la verdad de sus fuentes, por lo que el editor Clark Hoyt mencionó que se resistían a otorgar anonimato a sus fuentes, con excepción a que sea el último recurso para obtener información confiable de interés público. Ante esto, espero que las declaraciones de Hoyt sigan vigentes, y aún tengo la esperanza de que el periodismo sea más crítico en momentos de decidir publicar una columna anónima. En este caso, ¿prima la guerra contra Trump o la credibilidad del medio?

 

 

 

 

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