Este texto hace parte de un ejercicio de la clase de Historia del Periodismo que enfrenta a los estudiantes a hacer una crónica que refleje el ejercicio de lectura de un libro icónico de algún periodista colombiano. En este caso, Recordar es morir, de Daniel Coronell

 

 

 

FOTO: Redacción Directo Bogotá

 

Bien señalaba Santiago Cruz en una de sus canciones: “todos podemos tener un día de mierda”, y vaya si el día que empecé a leer Recordar es morir de la autoría de Daniel Coronell fue uno de aquellos días llenos de carroña; consigno la fecha: lunes, 23 de julio de 2018. Y al hacer esta escatológica denominación a mi jornada de aquel lunes no quiero despacharle la culpa a la obra de Coronell ni mucho menos, sino a la curiosa cadena de sucesos que se desenvolvieron apenas terminé de leer el primer capítulo de dicho texto.

 

Pero empecemos por el principio. Abordaba a las 6 de la tarde el ni cómodo ni ecológico medio de transporte insignia de la ciudad de Bogotá, a la altura de la calle 60 con carrera séptima logré sentarme en una pequeña escalinata que tienen los buses duales del Sistema en la parte de atrás, aprovechando la posición no tan incómoda en la que estaba decidí empezar a leer. La obra inicia con un prólogo escrito por Daniel Samper Pizano del cual rescaté dos puntos importantes: El primero hace referencia a algo que empalma con las expectativas previas que tenía del libro, y es un compendio de desgracias de las cuales habría de reírme, o de llorarlas, como señala acertadamente dicho prólogo. Lo siguiente que llamó mi atención fue la oración: “Es una gran colonoscopia de la política colombiana” (refiriéndose al libro), hago énfasis en la palabra colonoscopia, un procedimiento médico que consiste en introducir un delgado tubo por la cavidad anal para hacer un chequeo del colon; en un país tan lleno de heces como lo es Colombia, y ni hablar de su clase política, una colonoscopia es una misión suicida.

 

El primer episodio narra la historia de las primeras amenazas que recibió Coronell en su carrera, una verdadera cagada para empezar su obra y que hasta a mí me olió mal, porque a medida que leía esa aterradora anécdota pensaba “ese puedo ser yo”, pero como soy un sujeto que agrada de ver pros y contras, veía el rigor investigativo del autor y su irreverencia para enfrentarse de cara a la muerte solo por cumplir su labor como algo verdaderamente ejemplar e inspirador para mí. Mi primera conclusión fue que ser periodista, y más aún investigativo, es un oficio de alto riesgo, como montar en Transmilenio, del que tuve que salir como lombriz entre la tierra. Y como si fuera poca carroña la que había soportado hasta el momento, llego a casa con un auricular dañado y la noticia de que a mi madre estaban a punto de botarla del trabajo...Un día de mierda.

 

Pasaron los días y la situación se normalizó, la mala racha fue solo de un día, mi mamá conservó su trabajo y yo continué estudiando y leyendo con juicio. Cualquiera que, en lo más mínimo, conozca sobre Daniel Coronell, sabe que no es precisamente el mejor amigo de Álvaro Uribe Vélez, y su libro demuestra por qué. El autor expone tres de las más infames maniobras del “Gran Colombiano”: La ‘yidispolítica’ (con la que Uribe compró su reelección), el DAS y Agro Ingreso Seguro. Si yo fuese uribista y leyera esta obra, luego de la colonoscopia iría al cardiólogo, porque podría padecer de un preinfarto después de ver cómo este periodista mamerto se atreve a manchar el nombre del mejor presidente que ha tenido Colombia, duélale a quien le duela. Y yo, que no soy uribista, quedo con esa misma sensación de asombro, pero no por las denuncias que hace Coronell, sino por la dimensión de las cosas que hizo Álvaro Uribe y la astucia que tuvo para salir de todo ese escándalo impune. Ahí veo un poco el sinsabor que deja el periodismo, porque el autor se tardó años reuniendo pruebas y testimonios para desnudar los atroces métodos de Uribe para “salvar la patria”, y terminó, más bien, ganando desprestigio entre los uribistas y un enemigo, uno de los hombres más poderosos de Colombia, el cual, con cuestión de cambiar un “articulito”, puede hacer su voluntad.

 

A lo largo de los demás episodios se siente ese sinsabor, como en el caso del Palacio de Justicia, donde todos los culpables se reducen en el cuerpo de un chivo expiatorio, el coronel Plazas Vega, mientras los personajes más atroces de ese episodio siguen en la oscuridad; en la investigación a Saludcoop, donde socios de la empresa y sus cónyuges senadores se rotan contraticos, platica y uno que otro acto legislativo para favorecer ese siniestro corporativo y poder echar unos hoyos de golf en Villa Valeria; o en el caso del puritano Ordóñez, en el que me “ordoñé” de la risa viendo cómo pagaba con puestos su reelección en la Procuraduría, al mejor estilo de Uribe. Pura y física burocracia.

FOTO: Redacción Directo Bogotá

 

Esa fue la obra para mí, una montaña rusa en la que me intrigo al ver el tema del capítulo, me asombro cuando empiezo a conocer la historia que cuenta Coronell, y hastío cuando atravieso su demasiado extensa recopilación de columnas, por el cansancio que da leer muchas veces el mismo punto de vista sobre un tema (con solo unos cuantos datos nuevos) y el que da vivir en un país tan hundido en la burocracia y manejado por unos pocos. Claro que Recordar es morir es poner la opinión de Coronell en un libro, pero me queda la sensación de que añadir alguna otra mirada o un contrargumento hizo falta, porque en el buen periodismo se necesita alguien que haga de “abogado del diablo”, como él mismo dice. A pesar de esas salvedades, he leído un libro que da cuenta de una cruda realidad, pero también, de un trabajo periodístico excelso, que parece incluso muy difícil de replicar, pero no imposible, el rigor investigativo de Coronell es algo que yo tomo como ejemplo, y hacer el oficio bien es lo más dulce en un ambiente tan amargo, así no cambie nada en este país, vale la pena seguir luchando, porque “la labor del periodismo es buscar la verdad, no hacer justicia”.

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