Las páginas de los cuadernos de Alejandra Arenas son solo el comienzo de su insaciable obsesión por las tetas. Aunque sus familiares y amistades no lo aprueban, Alejandra persiste en descubrir todas las formas, tamaños y colores de esas protuberancias para eliminar los prejuicios que se encuentran en la naturaleza del cuerpo femenino.

 

 FOTO: Cortesía Alejandra Arenas

 

A mano izquierda hay un semicírculo. Este encierra un círculo más pequeño donde sobresale una forma de un piramidal. A mano derecha está el mismo semicírculo encerrando la misma estructura cilíndrica. Hay más de diez repeticiones de estas formas geométricas en una hoja, pero todas son diferentes. Hay semicírculos grandes, largos, redondos, esbeltos y chiquitos. Los círculos son de diferentes colores: hay rosados, marrones, cafés y morados. Algunos son oscuros y otros claros. Hay unos planos, invertidos o puntiagudos. Son tetas. Y tetas es lo único que se encuentra en las páginas de los cuadernos de Alejandra Arenas.

 

De una repisa de su sala, justo al lado de un rincón dedicado a la veneración de la Virgen María, Alejandra saca un libro de bolsillo. Su libro. Delicadamente, pasa página por página mostrando cada uno de los dibujos y esculturas que ha creado. Un recorrido que empezó cuando estaba en décimo grado en el colegio Marymount y que aún continua, cursando cuarto semestre de diseño y arte en la Universidad de Los Andes. Este libro es un camino con la forma del cuerpo femenino, donde sus pasos han sido pezones de diferentes tamaños, formas y colores. Sería pecado no decir que Alejandra está obsesionada con las tetas.

 

 

—¿Por qué las tetas? —pregunto.

 

—Siempre he pensado que es muy raro que pinte tetas y no vaginas. Pero es que estéticamente no me parecen bonitas las vaginas.

 

Enseguida se detiene, rápidamente pasa las hojas de su libro y dice:


Las tetas me parecen divinas; sin joder, se me hace lo máximo dibujarlas. Son un símbolo. Lo que más me inspira es la naturaleza del cuerpo y me raya que la gente no lo entienda.

 

 

FOTO: Cortesía Alejandra Arenas

 

Alejandra es una joven rebelde. Ese es el primer adjetivo con el que sus papás y su hermano la describen: rebelde. Ella es de contextura delgada, tiene pelo ondulado hasta los hombros, usa gafas redondas y su forma de vestirse es con jeans y un saco blanco. Su apariencia no refleja precisamente su carácter revolucionario y subversivo, pero Alejandra les da guerra a sus papás constantemente en su casa para defender sus ideales.

 

Hay mañanas en las que Alejandra le da los buenos días a su familia vestida solamente con una camiseta y calzones. Esto genera indignación por parte de su padre y de su hermano, quienes, a pesar de desayunar en calzoncillos, consideran el acto como  ofensivo e indecente para una señorita. Ella los imita para exigir lo mismo que le exigen: que se ponga unos pantalones.

 

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Alejandra también hizo parte del video oficial de la canción Sexo de Residente, donde apareció bailando en el centro de Bogotá en brasier y en calzones. Se armó la gorda en su casa. “Es una loca” o “es el deshonor de la familia” son algunas de las recriminaciones que surgieron por la participación de ella en el video. También su novio, con el que llevaba un año y medio, le terminó.

 

—No entiendo por qué la gente se toma tan en serio cosas tan estúpidas.

 

Ahora Alejandra coge una bolsa de lanas, que está justo en medio de la sala donde hay un reguero de telas, papeles, colores y utensilios que usa para sus trabajos. Color por color, describe todas las técnicas de tejido que ha aprendido: liso, cruzado, satén, croché y filet. Su siguiente paso es hacer tetas de lana. Lo que importa no es la técnica, el dibujo, la textura o el tamaño: tetas son tetas.

 

FOTO: Cortesía Alejandra Arenas

 

Si las tetas ya da miedo, la palabra pezones da terror. Y el cuerpo femenino se convierte en un campo minado de prejuicios y prohibiciones, donde la primera que se atreva a cruzarlo y a mostrarlo es la primera pecadora. Sí, y digo la porque en el campo de el ya han ganado todas las batallas. Eso es lo que más indignación produce en Alejandra. Le cuesta entender qué es lo raro de las tetas, si todos y todas las tienen por igual. Unas con más relieve que otras, pero todas son las mismas protuberancias.

 

Un hombre gordo tiene las mismas tetas que yo. Eso me ‘envidea’ mucho porque me pregunto por qué ellos pueden andar en pantaloneta de baño y nosotras las tenemos que tapar. Eso sí me parece demasiado raro.

 

Ahí mismo, en la sala, Alejandra saca su celular. Sus dedos con una agilidad impresionante, ya están en la aplicación de Instagram buscando el reto de la lactancia. Inmediatamente aparecen millones de fotos de mujeres que publicaron una foto de ellas lactando, con el fin de promover la lactancia en público. Alejandra se asombra de ver el impacto que tienen las redes sociales en las iniciativas para romper los estereotipos del cuerpo de la mujer y generar conciencia sobre lo realmente natural. Pero la gente sigue siendo muy cerrada con el tema. Como diría Alejandra:

 

—Si le incomoda, párese y váyase.

 

Tetas. En la casa de Alejandra, la ponen a lavar los platos por ser mujer. Por tener tetas. Pero ella odia lavar los platos, tender la cama e incluso maquillarse. Ella se pierde en los roles que le imponen. Mientras más desordenado este todo, es mejor para Alejandra, porque eso la aleja del rol que le han intentado imponer en su casa.

 

Su rebeldía continúa. En una pared de su casa, donde hay un cuadro enorme de Jesús, ahí, al frente, está un cojín en forma de teta. Cerca de los rincones donde veneran a los santos, están los libros de Alejandra y de artistas como Egon Schiele que muestran la intensidad del cuerpo y la sexualidad cruda. Por más guerras de amores y odios con su familia, Alejandra no calla y no se esconde.

 

FOTO: Cortesía Alejandra Arenas

 

—Yo pinto tetas y sigo dibujando tetas porque es mi manera de reprochar el machismo que hay en mi casa. Mis papás son supermachistas y católicos.

 

Para algunos, mala hija; para ella, la forma de salirse de lo que han obligado a hacer. Para otros, una feminista radical. Pero dentro del concepto de feminista, Alejandra misma no se encuentra. Ella dice que hay distintos deberes y que el cuerpo de cada quien está hecho para diferentes funciones.

 

—Yo eso lo tengo muy claro. Y pienso que no hay que buscar una igualdad, sino un respeto, para que cada quien pueda estar tranquilo como quiera estar —dice, mientras sus ojos miran el cuarto de sus papás y el de su hermano—. Mucha gente cree que uno quiere llegar a imponer ideas y no, eso me vale huevo. Solo déjenme hacer lo que quiero, en paz.

 

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Son las once de la noche. Además de la voz de Alejandra, no se escucha otro ruido en su casa. Se para, deja las medias tiradas en la sala y camina. Pasa junto a los cojines en forma de tetas. Pasa junto al cuadro enorme de Jesús; lo saluda con una risa burlona y entra a su cuarto: cama sin tender, zapatos sin recoger y cuadros de mujeres desnudas en sus paredes. Su cuarto. Su espacio.

 

Alejandra coge un lienzo, una paleta de óleos y tres pinceles. Se sienta en el piso y empieza a pintar: un semicírculo a mano izquierda, encerrando un círculo más pequeño. Otro semicírculo a mano derecha, con otro círculo más pequeño. No importa la hora, el tamaño o el color. Siempre hay tiempo de hacer tetas. Y, siempre debería haber espacios para admirarlas.

 

 

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