En las 329 páginas de Verde tierra calcinada, el cronista Juan Miguel Álvarez cuenta la guerra en Colombia y la profunda marca que dejó en quienes la vivieron. Directo Bogotá habló con él sobre el libro y los retos que supone narrar el conflicto en este país.

 

FOTO tomada por Federico Ríos 

 

“¿Aló? ¿Me escuchas?”, me dice Juan Miguel Álvarez desde una carretera por La Mojana, en Bolívar. Más adelante, me contará que con su agencia de prensa Baudó Agencia Pública está haciendo un cubrimiento amplio por varias zonas del país sobre la contaminación con mercurio causada a la minería de oro. Un viaje en el que también descubrirá la pobreza más devastadora del país. Esta es su vida como periodista y escritor freelance: viajar a las zonas marginadas del territorio colombiano para entender las más complejas realidades y, después, transformarlas en palabras para quienes las desconocen por completo.

 

Álvarez —nominado al Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana 2019 por este libro y ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 2017— dice que la labor del cronista de conflicto es hacer una mediación, una traducción entre el país de la guerra y el que no la vive. Esta fue su misión en 2014, bajo el encargo de la oficina Especiales Regionales de la revista Semana: como parte del proyecto Reconciliación Colombia, viajó por todo el país con el fotógrafo Federico Ríos, en busca de historias de conflicto y esperanza.

 

FOTO tomada por Federico Ríos 

 

 

Tras terminar la travesía en Carmen del Atrato, Juan Miguel y Federico se despidieron en Medellín. Un mes después, Álvarez tecleó la primera frase de lo que sería Verde tierra calcinada, un libro del detrás de cámaras de sus viajes, con todo y sus regresos a Bogotá. Después de cuatro años de escritura y edición por intervalos, el resultado fue un libro de siete capítulos, cada uno narrado desde un lugar recóndito de Colombia y con cuatro apartados de ‘retorno a la burbuja’, donde el autor reflexiona sobre el desencuentro entre el centro y la periferia del país.

 

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Directo Bogotá (DB): ¿De dónde sale el título del libro?

 

Juan Miguel Álvarez (JMA): En el capítulo de Guaduas, estoy avanzando por un paso de montaña, en los farallones de Citará. Voy a llegar a un lugar donde sucedieron unos combates entre una guerrilla y los grupos paramilitares, camino que estoy haciendo por estaciones. En una de esas estaciones, llegamos a un lugar en el cual había dos vestigios: uno de los huesos de un carro y otro de lo que había sido una capilla pentecostal. Los dos estaban en ruinas, los dos habían ardido en llamas por manos paramilitares. Lo habían encendido y eso había quedado calcinado ahí. Y mis guías me iban contando qué era lo que había pasado allí, cómo habían quemado eso, todo. Entonces, mi mente estaba recreando ese relato, pero yo estaba viendo toda la frondosidad de la montaña, llena de vegetación, los árboles gigantes, una cosa muy bella. Entonces para mí fue como una epifanía y pensé en Verde tierra calcinada, porque en medio de esta verde tierra está la historia del calcinamiento de los vestigios. Es la metáfora de lo que ha pasado en este país: una tierra muy frondosa, muy fértil, una tierra en la que cabemos todos, pero es una tierra calcinada, que la guerra quemó.

 

DB: El libro tiene unos apartados que llamó ‘retornos a la burbuja’, haciendo referencia a Bogotá. ¿Por qué en una crónica de viajes siente la necesidad de reflexionar desde la capital?

 

JMA: Precisamente, porque en la literatura de viajes el autor es un ser completamente reflexivo. Este libro está cercano a la literatura de viajes que algunos autores anglosajones hicieron muy famosa en el mundo entre los años sesenta y ochenta. En América Latina esta la ha mantenido viva Martín Caparrós. Entonces, mi libro necesita la reflexión del autor porque hace parte del género.

 

Cuando reflexioné sobre el formato del libro, me di cuenta de que a todos esos viajes le hacían falta mis vueltas a Bogotá; con el desencuentro moral entre lo que yo consideraba mi mundo perfecto y el mundo tan destrozado de esta gente. Yo vivía en Bogotá, en el barrio La Macarena; di clases en Los Andes, en la Javeriana; fui estudiante de la Javeriana. Siempre mi lugar ha sido de muchas luces, moviéndome siempre en sectores sociales muy cómodos. Entonces, cuando yo voy a estos sitios, lo que siempre hago es cuestionarme. Me cuestiono mi papel como colombiano. Estas reflexiones, los retornos a la burbuja, son el motor de este libro.

 

FOTO tomada por Federico Ríos 

 

DB: ¿Hoy en día cómo se enfrenta a esta dualidad? ¿Sigue siendo igual de impactante?

 

JMA: Ayer llegué de un viaje larguísimo por La Mojana y descubrí un poco de la pobreza más inmunda y dolorosa de este país. Los campesinos a la orilla de los ríos, por allá lejísimos donde no llega nada, el río seco, los peces contaminados. Y hoy en día yo no dejo de cuestionarme, así en el libro haya hecho explícito ese cuestionamiento. Yo hago mi trabajo y seguramente el mensaje les va a llegar a las personas a las que les tiene que llegar, pero son personas que no toman ninguna decisión. Y yo me cuestiono: “¿Para qué mi trabajo?, ¿mi lugar en el mundo cuál es?, ¿qué tengo que hacer yo acá?”. Todo el tiempo me estoy cuestionando eso. Si yo, como reportero, como viajero y explorador de este país, no me cuestiono eso, pues entonces a qué vine.

 

DB: ¿Cree que leer sus crónicas ayuda en alguna medida a romper esas burbujas?

 

JMA: ¿Que si mi libro realmente ayuda a sensibilizar más al país que no conoce la guerra? Ojalá. Nada más quisiera yo que sí. Esa es mi aspiración. Lo primero que hay que pensar es que en este país la lectura es un asunto minoritario. Por lo tanto, el mensaje sí corre, pero no masivamente. Segundo, dentro de lo poco que corre, ¿a qué personas les está llegando el mensaje? Ahí es donde soy pesimista, porque el mensaje les llega a las mismas personas que son de mi entorno: a la gente que lee, que se pregunta por su condición como ciudadano, a la gente que aspira a las libertades civiles, a la gente que respeta los derechos humanos, nadie que no haga eso compra libros de este tema. Entonces yo creo que lo ideal sería que estos libros los leyera gente que no cree lo mismo que yo, personas que no están tan de acuerdo con las certezas que tenemos del conflicto armado colombiano, gente del otro lado del espectro político. Y hacer debate. Pero eso es muy difícil que pase, me gustaría, pero no creo.

 

FOTO tomada por Federico Ríos 

 

DB: Con respecto a las víctimas, ¿cómo narrar su dolor sin revictimizarlas?

 

JMA: No es fácil, yo en el libro me cuestiono todo el tiempo eso y lo hago explícito. ¿Qué licencia tengo yo como periodista de venir hasta acá a revivir el dolor de una víctima, solamente para contarla en este libro, para que quede como una verdad necesaria? Yo digo todo eso en el libro porque me lo preguntaba en ese momento y hoy lo sigo pensando. Creo que uno puede llegar a hacer que la víctima reviva algo de su historia de victimización, pero la consecuencia final es un descargo y un desahogo. Así que, en principio, me sentía culpable, pero al final sentía cierto regocijo porque yo veía que la persona cambiaba. Si al principio lloraba y se revolcaba, después yo sentía que se había quitado algo de encima. En algunos casos estas entrevistas tenían un efecto reparador, pero hubo casos en que no.

 

En todo caso, las víctimas que más dolor me expresaban contándome su historia al final siempre me regalaban una sonrisa. Siempre había un sentimiento posterior que era de empatía. Quizás eso las ayudaba a ellas a no sentirse usadas. En el fondo sabían que mi intención no era extraer la historia para beneficio propio, para lucrarme, sino que realmente me parecía importante que la historia de ellos trascendiera, que la conociera el país. Yo creo que ellas sentían ese interés legítimo. Creo que, en ese sentido, podían negociar más fácil revivir ese dolor. Con las historias más crudas todas lloraron y yo lloraba con ellos a la par, era imposible no hacerlo. Entonces quizás cuando ellos veían que yo era solidario con su dolor, entendieron que yo era un reportero tratando de comprender qué había sucedido para poder contárselo al país.

 

DB: Al final de Verde tierra calcinada, usted habla con uno de los victimarios. ¿Por qué es importante darles voz a ellos?

 

JMA: Lo que a mí me parece desconcertante y desesperanzador es que en Colombia creamos que no hay que escuchar a los bandidos. ¿Cómo así? Entonces qué hacemos con ellos y qué hacemos con nosotros. Para mí es importante porque es la única manera en la que nosotros vamos a comprender ese otro lado de la historia del país.

 

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Es decir, mira este planteamiento: cada vez que los presidentes salen a sus comités internacionales y hablan de narcotráfico, terminan diciendo una frase que ha corrido históricamente, y es que Colombia ha puesto la mayor cantidad de víctimas en la guerra contra las drogas. Y sí, es verdad. Pero el problema es que cuando tú presentas esa realidad solo de esa manera, es como si todos fuéramos esencialmente buenos y víctimas de una situación inmanejable. ¿Qué oculta presentar los hechos de esa manera? Es que esas víctimas, esos muertos de la guerra contra las drogas, no fueron asesinados por gringos o rusos; a ellos los asesinaron colombianos. Entonces eso significa que nosotros también hemos puesto la mayor cantidad de asesinos en la guerra contra las drogas. Entonces si el periodismo solo se fija en las víctimas, estamos bajándole la cara al problema más gordo de la historia y es quiénes matan y por qué matan. Y ahí es donde está el problema del despelote nacional.

 

FOTO tomada por Federico Ríos

 

Vea la revista completa: Revista Directo Bogotá 

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