Gonzalo nació en el departamento de Caldas, en un pequeño municipio llamado Marulanda. Uno de esos pueblos encerrados entre las montañas de cafetales y las plantaciones de plátano. Hace más de 30 años migró hacia la ciudad, buscando una nueva vida. Nunca tuvo que pasar por las dificultades de la guerra ni de la necesidad. No es desplazado ni recuerda algún motivo especial que lo haya hecho salir. Simplemente decidió un día que quería hacer una nueva vida en una ciudad.

 

 

 FOTO tomada por Santiago Vega

 

Su disgusto por el ruido y las ganas de pasar su vejez en algún lugar tranquilo, lo llevaron a la localidad de Usme, en el extremo más suroriental de la ciudad.

 

Allí, construyó una casa sobre un acantilado y decidió empezar el cultivo de papa. Su casa es grande y sencilla. Toda la construcción se hizo bajo la orden de él. Está en una empinada, tan pronunciada que la casa parece estar suspendida en el aire. Ni siquiera los carros pueden subir hasta allá. Gonzalo tiene tres hijos y un nieto. Esos tres hijos no viven ya con él. Ya son mayores y lo visitan de vez en cuando.

 

Él lleva su sombrero antioqueño para todos lados a donde va. Se para en su balcón, que tiene una vista completa sobre toda la ciudad de Bogotá y espera en su hamaca a ver cómo vienen los colibríes del páramo a beber el agua azucarada que él mismo les prepara y les deja en recipientes de plástico. Me dice que a veces viene uno de cola larga y muchos colores. Disfruta mucho verlos llegar. Y realmente llegan todo el tiempo. Mientras estuve ahí, dice, vinieron unos diez a beber y a volar de la forma tan surreal que los caracteriza.

 

Gonzalo es hospitalario y abierto con extraños como yo, diferente de la mayoría de campesinos de la zona. Ellos prefieren evitar hablar con personas que no conozcan. De todas formas, es una costumbre en el campo saludar a todos los que vienen y ser muy amable.

 

Se refiere a Bogotá como otro sitio fuera y lejos. Sin embargo, desde acá, desde su balcón, vemos la silueta enorme de ese monstruo llamado Bogotá. Es una panorámica gigantesca, de norte a sur. La ciudad parece envuelta en una neblina espesa y algo oscura causada por la contaminación. Gonzalo cuenta que a veces esa capa desaparece y, queda tan claro el panorama, que incluso alcanza a ver la muralla de montañas que hay al otro extremo de la ciudad.

 

 

 FOTO tomada por Santiago Vega

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