La mirada sigue el paso de los transeúntes que con pasos rápidos recorren el parque de un pequeño centro comercial en Calarcá, Quindío. Sus manos sostienen con firmeza una libreta con varias páginas, llenas de papeletas coloridas, que están unidas por un clip negro. Sentado en la esquina de una banca metálica con su maleta ocupando el asiento contiguo Pedro Gutiérrez cuenta cómo estuvo a punto de morir en un robo hace unos 15 años. En ese entonces no era vendedor de chance y lotería como ahora, sino comerciante informal de libros usados.

 

 

FOTO tomada por Carlos Córtes

 

“Estaba hablando con una compañera mía, con la que vendía varios libros y  ‘chucherías’́ por ahí al lado del  Éxito, cuando los gritos de una señora nos hizo voltear a mirar lo que estaba pasando”, afirma y arregla con cuidado su libreta donde expone las loterías del día. Apenas se dio cuenta de lo que sucedía, Pedro cogió el palo de madera que guardaba para esas ocasiones y salió a perseguir al ladrón. Sin embargo, fue muy tarde cuando se dio cuenta que este sostenía un cuchillo y amenazaba a la mujer, que seguía forcejeando y gritando. El ladrón, sorprendido por ese hombre que llegó corriendo con un palo, no hizo más sino clavarle el cuchillo en el brazo. Unos centímetros más a la derecha y hubiera sido un golpe mortal, dice.

 

“Si uno no hace nada entonces le terminan afectando el negocio porque nadie quiere venir a comprar, entonces a uno le toca hacer algo, así salga herido” ―dice mientras se levanta la manga de su brazo izquierdo para mostrar la cicatriz que le quedó de ese episodio― “a mí me llevaron al hospital después de eso porque eso salía mucha sangre pero el ladrón se llevó el bolso de esa señora y logró escapar. Por eso también ahora vendo chance, es más tranquilo”.

 

Mientras termina de contar la historia se acerca una mujer de unos cuarenta años que lo saluda por su nombre y le pregunta por la lotería del Tolima y la de Bogotá. A Pedro se le forma una leve sonrisa, la saluda y le muestra a su cliente la carpeta llena de papeletas. Mientras tanto, unos metros más atrás otro lotero mira con recelo y ofrece en voz alta las loterías que tiene en su libreta. Pedro saca de un canguro rosado un aparato parecido a un datáfono y se dispone a darle un recibo a la señora que acaba de comprarle la lotería. “Acá la gente lo trata a uno mejor que si siguiera vendiendo en la calle y al menos acá hay guardias entonces es más seguro, aunque pues ¿uno nunca sabe no?”, dice y le entrega el recibo a la señora y se despide deseándole un buen día.

 

 

FOTO tomada por Carlos Córtes

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