Los cinco templos de fútbol amateur que todo bogotano debe conocer

Para Otras rutas de Directo Bogotá, Rueda el balón por Bogotá es una ruta cultural que recopila grandes historias de jóvenes que jugaron en las cinco canchas en las que se disputan los principales torneos del fútbol amateur en esta ciudad, y abre una invitación para que la gente las conozca y ayude a fortalecer las habilidades de los niños y jóvenes con potencial.

 

Bogotá es una gran cancha de fútbol, llena de pelotazos, gente habilidosa, jugadas increíbles y otras que uno nunca se imagina. En su baja temperatura, muchos jóvenes suben sus pulsaciones recorriendo cada espacio de esta cancha; corren y corren a toda velocidad con apetito insaciable por la pelota y un sueño que los mantiene en forma: ser jugadores de fútbol profesional.

 

Estos son los cinco templos más importantes de la capital en materia de fútbol juvenil, pero nuestra ciudad le apuesta a que el talento siga creciendo porque en los últimos años se han abierto más de 100 canchas sintéticas.

 

Yo solo pienso en que la vida nos permite soñar tan alto como queramos, que los niños siguen soñando con un gol al minuto 90, porque tal como lo dijo alguna vez el escritor Miguel de Unamuno: “…De razones vive el hombre, de sueños sobrevive”.

 

 

Bogotá es la cuna de Colombia en muchos aspectos, en el fútbol cientos de jugadores vienen a la capital en búsqueda de mayores oportunidades en el deporte que tanto adoran. Yo crecí de la mano de un balón, siempre fue mi confidente y compañero de vida, y hoy lo sigue siendo. Así le pasa también a Mario, Edgar, Esteban y David. Hay muchas historias extraordinarias por contar del fútbol capitalino.

 

Estadio La Gaitana

Cra. 125 #131a – 27

 

Esteban Ayala, 21 años

Jugó el torneo con Caterpillar Motor

 

El fútbol ha tenido un papel protagónico en mi vida, pero mis inicios en el torneo de la Gaitana dejaron una marca imborrable.

 

El primer pedalazo era el del equilibrio: empatamos a 0 goles contra un rival agresivo y aguerrido. No fue un fácil debut, sin contar cómo las tribunas de La Gaitana siempre estaban a reventar. La mirada no se despegaba de la cima. La etapa de grupos fue satisfactoria y cada partido se jugó con todo lo que teníamos. El sentimiento de unidad se hizo más fuerte en la derrota que en las victorias y eso fue clave; nada como ver a los demás sentir esa misma impotencia que sentía, verlos a los ojos, a no más de 145 centímetros del piso, y decirle que el siguiente lo ganábamos. Después de tarjetas, patadas, una que otra falta simulada y goles, no tantos como ‘el profe’ esperaba, logramos acercarnos a la cima. La final ya tenía fecha, rival y el lugar no cambió durante el desarrollo del torneo.

 

Fue, si mal no recuerdo, la primera vez que mi padre sentenció si entrenas como si fueras a la guerra, los partidos los nadarás de espalda. La presión iniciaba desde la noche anterior, la concentración y seriedad del partido se reflejaba en la hora de dormir en la noche previa al cotejo. A él, mi padre, siempre le ha gustado llegar antes que todos y casi siempre lo logramos. El agua, los guayos, las canilleras y el uniforme, ¿lleva todo? me decía todos los domingos. Ese día en especial no faltó la conversación, en el carro todo giraba en torno al fútbol. Lo que más recuerdo era la voz del comentarista que gritaba ver pulguitas correr en un campo desde la tribuna y anunciaba que Ayala, el número 13, había anotado el gol de la victoria, mientras yo corría a los brazos de mi padre.

 

Mira el especial de 50 rutas en Directo bogotá

 

Estadio Olaya Herrera  

Carrera 21 # 25 - 35 sur

Mario Botero, 21 años

Jugó el torneo con Maracaneiros

 

Desde el inicio del torneo de futuras estrellas, se sabía que todos los partidos iban a ser muy duros, ya que todos los equipos se habían reforzado y preparado para el torneo amateur más importante de Bogotá. La fase de grupos fue muy pareja, pero clasificamos a la semifinal sin mucha dificultad, la cual, finalmente la ganamos y clasificamos a la final contra La equidad.

 

El día de la final llegó, el camino de la casa al estadio fue más largo de lo normal, pero como es costumbre en ese tipo de torneos, iba acompañado de toda mi familia, la cual me ayudó a estar más calmado. Cuando llegué al estadio nos reunimos con todo el equipo en la entrada del camerino. Los entrenadores y el psicólogo nos habían preparado una charla muy emotiva y nos hicieron un vídeo donde mostraban a los papás y amigos del equipo hablando y deseándonos éxitos. En ese momento todos los del equipo llorábamos por la emoción que nos causó. Yo tenía el pecho cerrado y no era capaz de respirar, creí que no iba a poder jugar, pero al pasar los minutos ya estaba mejor.

 

Cuando salimos a la cancha había una tremenda multitud, en este caso la mayoría también del equipo rival. El ambiente era espectacular. Cuando empezó el partido nos estaban presionando mucho y a los 20 minutos del primer tiempo íbamos perdiendo 2-0. El otro equipo ya se daba por ganador y hasta la hinchada contraria nos estaba cantando el ole. Allí, el equipo reaccionó y al finalizar el primer tiempo empatamos el partido. En ese momento, estábamos tan concentrados en ganar que no nos dábamos cuenta de nada de lo que pasaba afuera de la cancha. A los cinco minutos de empezar el segundo tiempo, hicimos el gol que nos puso en ventaja y desde ese momento empezamos a manejar el ritmo del partido. Los últimos minutos fueron de aguantar y reventar el balón, pero finalmente el árbitro pitó y quedamos campeones. Afuera todo el mundo gritaba, pero lo único que hicimos fue abrazarnos y celebrar. Nadie esperaba ese resultado, pero en la cancha le demostramos a todos el gran talento y la unión del equipo.

 

***

La Morena

Calle 212 # 54A

David Gómez, 22 años

Jugó el torneo con Ecopetrol

 

El corazón late fuerte y constante la noche antes del partido. Más fuerte empieza a latir durante el largo trayecto hasta La Morena. Ese lugar donde se mezclan las fiestas del fútbol con las tristezas del juego. Ese lugar que ha visto nacer a los mejores futbolistas de Bogotá, que nos enseñó el verdadero precio del sueño de ser futbolistas y las inmensas cicatrices, y recuerdos, que dejaron los golpes y las soleadas mañanas sin bloqueador. El lugar donde a veces se gana y se pierde, pero donde las emociones siempre se viven y se sienten, desde afuera y desde adentro.

 

Mi equipo, de la categoría Élite, siempre sentía el entusiasmo del fin de semana y se centraba en el partido que habíamos preparado durante toda la semana. Desde el lunes sabíamos que el partido se iba llevar a cabo en el campo de La Morena. Día a día nos imaginábamos el rival y el partido en aquellos campos pastados, que, en muchas ocasiones, estaban llenos de lodo y tierra por las lluvias capitalinas. 

 

Llegar a la Morena tiene sus complicaciones, sobre todo para los que tenemos que tomar servicios de transporte público, y nos citaban una hora antes del partido. Para llegar a las 9:00 de la mañana, era necesario estar en el portal del Norte mínimo a las 8:15 porque el alimentador hasta Jardines del Recuerdo se demora 20 minutos y la caminata de la autopista, hasta los campos, toma otros 20. En total, el viaje desde la casa era de mínimo dos horas. 

 

En Colombia, el fútbol es sagrado los fines de semana, ya sea verlo en ligas europeas desde temprano, competir al medio día en los torneos locales o jugar de recocha con los amigos en las tardes. Es tan sagrado como ir a misa un domingo y es necesario para empezar la semana con el pie derecho, y con los guayos puestos.

 

Mira más contenidos de periodismo cultural: "De las artes el cine es el que menos problemas tiene"

 

Estadio Sur Oriente

Calle 17A Sur - 2A-60 Este

Edgar Moreno, 21 años

Jugó el torneo con Santa Fe

 

Tuve la oportunidad de jugar este torneo una vez en mi vida, pero lo primero que se me viene a la cabeza era el viaje tan largo que tenía que hacer para llegar a un partido. Mi amor por este deporte hacía que el recorrido valiera la pena. La meta era ganar uno de los torneos más importantes de esta ciudad, aunque no por ello dejaba de ser agotador.

 

Cuando a mediados o finales de diciembre mi familia se iba de viaje, yo me quedaba porque tenía que jugar. Jugaba para Independiente Santa Fe, el cual tenía dos equipos inscritos en esa competición. Una vez el torneo empezó dificil, en nuestro grupo había dos de los equipos más fuertes: Caterpillar y Maracaneiros. Después de unos partidos disputados, unos más fáciles que otros, nos encontrábamos ahí, en la última fecha de grupos, enfrentando a Maracaneiros. Faltando 10 minutos de juego, nuestro volante 10 anotó un gol desde fuera del área y nos dio la clasificación tras eliminar a Maracaneiros.

 

En semifinales nos enfrentamos al otro equipo Santa Fe. Tras un error de nuestro portero marcaron el 1-0 y no pudimos remontar, así que nos tocó disputar el tercer puesto que le ganamos fácilmente a Caterpilar. Recuerdo muy bien que el estado de la cancha en Sur Oriente es mejor que muchas en las que tuve la oportunidad de jugar, y, además, el ambiente en las tribunas es muy agradable. No hubo partido en donde no hubiera mucha gente y ver las tribunas motiva a cualquier jugador.

 

 

Estadio Tabora

Cl. 74 #73A-35

Recuerdo personal, 22 años

Jugué el torneo con Independiente Nacional

 

Recién regresaba de jugar en Argentina y me llamaron para reforzar un gran equipo que terminó siendo protagonista en el torneo del Tabora. Sin embargo, era una carga muy pesada jugar allí porque solo fuimos tres refuerzos para un equipo con jugadores que llevaban todo el año jugando juntos. A pesar de esto, cada uno de ellos hizo que todo fuera más fácil. No hay mayor unidad que un equipo de amigos jugando fútbol.

 

El Tabora es un templo del fútbol capitalino. Sin duda, es el segundo de mayor importancia después del Olaya, donde grandes talentos han derrochado sus mejores jugadas. En mi familia, de tradición futbolera, muchas generaciones también lo habían pisado, así que más que cumplir un sueño fue un reto personal. Hicimos una fase preliminar perfecta, sin perder un solo partido, fuimos uno de los equipos y no estábamos entre los favoritos. Con dos partidos de anticipación ya estábamos asegurados en la final y hasta la última fecha conocimos el rival: Independiente Santa Fe, el gran favorito y además su base era de jugadores de un equipo profesional.

 

La final era a otro precio, de nada valía esa campaña perfecta de casi dos meses, todo se jugaba en los últimos noventa minutos. Ese día el ambiente era diferente, al llegar, mis ojos no daban crédito a la cantidad de gente que ya estaba lista para verla, mientras las cámaras se preparaban para la transmisión del partido. El día estaba en la misma tónica, un sol radiante presupuestaba una grandiosa final para el fútbol capitalino y una fiesta para el ganador.

 

El partido fue intenso como el ambiente que había. Los primeros minutos nadie quería regalar nada, pero los nervios tampoco se podían evitar. Un defensor de nuestro equipo sintió la presión y, tras un grave error, permitió que el rival anotara. Luego de mucho esfuerzo conseguimos un empate que fue más corto de lo que se demora una canción en sonar y a los cuatro minutos nos volvieron a marcar. Ese fue el fatídico final. No miento si menciono la tristeza que tuve y, sin embargo, pude decir que ya había agregado otro gran torneo a la lista: el Tabora.

 

Bogotá es la cuna de Colombia en muchos aspectos, en el fútbol cientos de jugadores vienen a la capital en búsqueda de mayores oportunidades en el deporte que tanto adoran. Yo crecí de la mano de un balón, siempre fue mi confidente y compañero de vida, y hoy lo sigue siendo. Así le pasa también a Mario, Edgar, Esteban y David. Hay muchas historias extraordinarias por contar del fútbol capitalino.

 

Mira también otro de nuestros especiales: el cubrimiento de la FILBo 2019

 

 

 

 

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