Belfast: contraste de lo inesperado

Dos décadas después de la firma del acuerdo de paz, los rencores de la sociedad siguen a flor de piel. Esto no es un viaje a la Colombia del futuro, esto es una experiencia personal en Belfast.

 

FOTO: Este es uno de los 100 “muros de la paz” que hay en Belfast. Dichos muros fueron construidos a partir de 1969 para evitar el conflicto entre barrios católicos y protestantes.

 

El de Belfast fue un viaje extraño y ante todo inesperado de principio a fin. Su pasado con el conflicto armado me llamaba mucho la atención. A mí, una periodista en esos temas, estudiando una maestría en derechos humanos. Era claro que quería viajar allí. Lo que no sabía era que el conflicto de Irlanda del Norte tiene poco de “pasado”. De hecho, lo confieso, lo poco o nada que sabía era por las referencias que los negociadores en Colombia usaron como ejemplo para el acuerdo de paz con las FARC.

 

Sin saber entonces lo que me esperaba, compré dos tiquetes ida y regreso, desde Londres. Uno para mí, y otro para mi amiga de maestría Erin. Fue ella la que, en el día del viaje, me dio la información básica del conflicto de Irlanda del Norte. En palabras exageradamente sencillas, en Irlanda del Norte hay dos grupos en conflicto: gente que se siente inglesa, que su religión es el protestantismo y que quieren que Irlanda del Norte esté dentro del Reino Unido (los unionistas); y gente que se siente irlandesa, que practica el catolicismo y que considera que Irlanda del Norte es parte de Irlanda (los nacionalistas, republicanos). Eso ha generado tensiones durante cientos de años.

 

FOTO: Uno de los murales está dedicado al acuerdo de paz que se firmó en 1998.

 

La tensión más aguda y reciente comenzó a finales de los años 60, cuando los republicanos salieron a marchar exigiendo el respeto a sus derechos civiles y los unionistas hicieron marchas en contra del movimiento. La situación empeoró poco a poco hasta el punto de que varios grupos armados estuvieron involucrados: las fuerzas militares británicas e irlandesas, los grupos paramilitares unionistas y el movimiento guerrillero de IRA a favor de los republicanos. Así se desencadenó el conflicto civil conocido como "The Troubles".

 

Después de más de 3.000 muertos, diferentes grupos se sentaron a negociar hasta firmar el "Good Friday Agreement", en 1998. Este acuerdo de paz definió a Irlanda del Norte como parte del Reino Unido, pero con varias condiciones. Entre ellas, que la gente tendría el derecho de hacer un referendo para unirse a Irlanda si así lo quisiese y que Irlanda del Norte tendría varios mecanismos para legislarse a sí mismo. Otra precisión fue que a pesar de ser dos países diferentes, Irlanda e Irlanda del Norte no podrían estar divididos por una frontera porque eso vulneraría las raíces irlandesas de los republicanos. Entonces, el acuerdo de paz garantizó la libertad de movimiento entre el sur y el norte, como si fueran un mismo país, así el norte realmente pertenecería a Reino Unido.

 

Bienvenida desconocida

 

Aunque Erin me contó todo esto, inicialmente no retuve casi nada. Yo estaba más pendiente de los síntomas de intoxicación que sentía desde el día anterior al viaje, cuando almorcé una hamburguesa en un Burger King cualquiera de Londres. Mi estado era tal que ella se encargó de averiguar cómo llegar al centro de Belfast desde el aeropuerto y cómo encontrar el Couchsurfing donde dormiríamos.

 

Un bus nos dejó en pleno centro. Al bajarnos, comenzamos a ver los grafitis a nuestro alrededor. Unos de los unionistas, otros de los republicanos. La tensión se comenzaba a sentir desde el primer momento. Y yo pensando que me encontraría un ejemplo de reconciliación que me ayudaría a ser más optimista frente al conflicto colombiano.

 

Mientras nosotras girábamos la cabeza de un lado a otro, con los morrales al hombro y tenis deportivos, el conductor del bus abrió de nuevo la puerta solo para preguntarnos si esa sí era nuestra parada. Lo era. Sonrió y siguió su camino. A las dos cuadras siguientes, un barrendero nos preguntó si estábamos perdidas, a lo que aclaramos que solo caminábamos alrededor. “Enjoy being lost, then”, nos respondió jocosamente. Una cuadra más adelante, otro desconocido paró en medio de la calle para decirnos “good morning”. Así, sin más. Y nosotras sorprendidas por la calidez de la gente comparada con la frialdad de los londinenses. Eran tan cordiales que incluso superaban los estándares de los colombianos.

 

Entre perdidas y asombradas, llegamos a la casa de Stefan, nuestro anfitrión. Él era un tipo rockero, de pelo largo, con dos baterías rotas en su cuarto y católico si tuviera que elegir una religión. Nos mostró la casa y enseguida confesó que se había mudado allí hacía dos días y el dueño, con quien vivía, ni siquiera sabía que éramos de Couchsurfing. Por eso modificamos nuestros planes originales de dos noches y, en cambio, dormiríamos la noche siguiente en un Airbnb.

 

Para resarcir la vergüenza de lo inesperado, Stefan nos invitó a un concierto. Sus amigos tocarían música brasileña en un bar. Por supuesto, accedimos. Y yo, aunque con cólicos y escalofrío todavía, no me quería perder por nada una samba en Irlanda del Norte.

 

FOTO: En Belfast, es común ver pinturas con los colores de Reino Unido, como en la foto; o con colores verde y naranja de Irlanda.

 

En el camino, Erin y Stefan compraron un par de cervezas. Tony, amigo de Stefan, se unió a nosotros y comenzó a contarnos historias graciosas sobre el acento de los irlandeses, la vida universitaria en Cambridge y sobre "The Troubles". De esto último, nos dijo que aunque los jóvenes no son muy creyentes, sí es importante que se identifiquen con alguna iglesia para marcar su tendencia de republicano o de unionista. Tony, como Stefan, era más lo primero que lo segundo.

 

Yo no entendía muy bien por qué esas elecciones seguían siendo determinantes aun 20 años después de firmar el acuerdo de paz. Como tampoco me explicaba que en medio de una reconciliación, que desde Colombia generalmente planteaban como exitosa, los grafitis siguieran intactos en las calles. Ni comprendía las banderas azules y rojas de Reino Unido colgando en los postes o las verdes irlandesas.

 

Me abstraje en esos pensamientos y en mi enfermedad, al punto que sin notarlo iba un paso atrás que ellos. Eso me permitió ver con mayor rapidez el carro a toda velocidad que venía hacia la esquina por la que nosotros cruzábamos. Cada quien estaba en su letargo propio. Sin pensar. Tony, dos pasos delante de mí, se congeló. Erin retrocedió y vio pasar el carro negro justo delante de ella. Pero Stefan estaba lo suficientemente al frente como para tener la posición más desventajosa de todas. Algo sonó. Una cerveza voló por los aires. De alguna manera, Stefan siguió en pie un paso más adelante del lugar por donde pasó el carro. El carro le golpeó la mano donde tenía la cerveza y con esa misma mano se impulsó hacia adelante para evitar ser atropellado.

 

Tony se quedó en medio de la calle repitiendo una frase en su inglés afanado. Escribía algo en su celular. A diferencia nuestra, parte de su instinto fue anotar las placas para luego presionar a Stefan y denunciar lo que había pasado. Puede matar a alguien ese loco, decía Tony. Quizás es un carro robado, insistía Tony. Seguro está drogado, concluía Tony. Stefan no tuvo otra opción que llamar pero antes, en tono de charla y susto, pidió que no le contáramos a la policía la parte en la que la lata voló por los aires. Solo habría un carro golpeando una mano, para evitar ser sancionado por tomar en la calle. Letanías del Código de Policía colombiano, pensaba. Con la diferencia de que aquí el sistema al menos motiva a denunciar. Tras una llamada corta, la Policía acordó con Stefan testificar en horario de oficina al día siguiente.

 

Noche de película

 

Con un poco de miedo al cruzar cada calle, llegamos al bar donde sería el concierto. Pero de bar nada. Parecía más la recepción de un hotel lujoso decorado para turistas, por sus banderas de Cuba, fotos de Celia Cruz, manuscritos en español y anuncios en todas partes de ron cubano. Bonito y todo, pero de Brasil nada.

 

Mi esperanza seguía en la banda. Intento fallido. Los ritmos brasileños que me motivaron a ir en realidad eran reguetones colombianos y boricuas cantados en la voz desafinada de un argentino viviendo en Irlanda, acompañado por la percusión y la guitarra de dos brasileños. Pero Stefan insistía en la “música brasileña”. Porque para sus oídos de extranjero, lo mismo J. Balvin que Chico Buarque. Sin otra opción, bailamos lo que tocaban. Stefan y Tony se movían como podían. A decir verdad, sus amigos bailaban mejor que ellos.

 

Cuando el concierto acabó, seguimos la ruta de la noche. Al salir del hotel-bar, vimos un borracho cualquiera pegarle a su perro. El segundo acto de ira en una misma noche. Dos de nuestro grupo empezaron a forcejear con el desconocido. La policía no tardó en llegar, especialmente porque hacía dos cuadras habíamos visto sus dos tanquetas, cosa poco común en Europa. Los nuestros se fueron de la pelea al oír las sirenas y seguimos como si nada más hubiera pasado.

 

La siguiente parada fue un concierto de rock donde la estrella era un guitarrista de 70 años, en un bar metido en el subsuelo donde la gente saltaba y sudaba a chorros a pesar de las bajas temperaturas del exterior. Después de varias Guinness, un norirlandés del grupo tomó la cara de Erin y, tras un “you’re really beautiful”, la comenzó a besar, enfrente de todos. De todos, menos Stefan, que estaba besándose con una española. Entendí que volvería sola a la casa del dueño que no me conocía.

 

A las 10 am del día siguiente, apareció Erin con medio sánduche para mi desayuno, la ropa de la noche anterior y el anuncio de que era hora de irnos al Airbnb que había alquilado para poder irnos del Couchsurfing. En el camino, Erin me contó lo más loco de su noche. El norirlandés la llevó a la casa de una señora de 70 años, crecida y nacida en Belfast. Los tres conversaron en medio de la borrachera y fue entonces cuando la señora de edad aseguró que la ciudad, su ciudad, reprimía una ira que se sentía en el ambiente. Para ella, su generación estaba irremediablemente marcada por el dolor del conflicto. O quizá era su impresión después de las múltiples veces que la policía le había allanado la casa para encontrar crucifijos y figuras de la virgen María.

 

No estábamos entonces tan locas sintiendo que el carro y la pelea por el perro retrataban la ciudad. De hecho, hablamos de lo mismo con la pareja de mujeres que nos hospedó en el Airbnb. Con un té en mano, saltamos de un tema a otro: Brexit. Afán desesperado de tener pasaporte irlandés para no perder la nacionalidad europea. Y, de nuevo, la división entre católicos y protestantes. Fueron ellas quienes nos explicaron que los grafitis y las banderas que habíamos visto en nuestros recorridos era para marcar a quién pertenecía cierto barrio. Porque a pesar de que el acuerdo de paz se firmó en 1998, todavía existe una clara división en toda la ciudad.

 

Incluso, todavía están en pie los muros que dividen los barrios más típicos de los católicos y de los protestantes. Los muros son controlados por varias puertas de acceso que se abren a diferentes horas entre las 6am y las 7am, y se cierra aproximadamente a las 7pm. Su propósito original era disminuir la violencia entre los barrios y aunque nada es como antes, la tensión persiste.

 

FOTO: Bobby Sands fue un militante de IRA que murió en prisión en 1981 tras una huelga de hambre.

 

Pese a eso, hay flujo constante cuando las puertas están abiertas, especialmente de los taxis negros que hacen el tour para mostrar las caras del conflicto. Los taxistas cuentan que, originalmente, IRA usaba dichos taxis para transportar de manera segura a los católicos de un barrio a otro o para llevar alguna razón. Pero ahora son el ícono más visible del turismo apenas naciente en Belfast.

 

Según los taxistas, la división permanece. Lo mismo dicen los pocos norirlandeses que conocimos. Y se siente en las calles, con las banderas y los colores pintados en las aceras para distinguir entre católicos y protestantes. Sin embargo, el entonces presidente Juan Manuel Santos dijo en su intervención en el Evento sobre Paz y Reconciliación en 2014 que en Irlanda del Norte “lograron ponerle fin (al conflicto) con coraje, paciencia y determinación” y que esto, sumado al desmantelamiento de IRA, fue un referente para Colombia.

 

Sería atrevido dudar del ejemplo que representó ese acuerdo de paz en las negociaciones de La Habana, como también lo sería negar el fin del conflicto. Pero lo que se siente al viajar por Belfast es una tensión en el ambiente que riñe con la amabilidad de los desconocidos y con la idea generalizada de que todo se reconcilió. Muy al contrario, siguen existiendo lugares vetados en Belfast para unionistas o republicanos, según el caso. Las imágenes de los héroes de cada lado siguen intactas por las calles. Y la gente todavía considera importante saber si alguien es protestante o católico. Porque 21 años no han sido suficiente para cerrar del todo las heridas. Y de esto podríamos aprender en Colombia, en nuestro incipiente proceso de reconciliación.

 

También puede leer: Las 20 voces del conflicto

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