Mujeres que han perdido su cabello, como consecuencia de distintas afecciones, salen a desfilar en una pasarela. Ellas reformulan el concepto de belleza y encuentran que lo que en un momento consideraron una pesadilla es ahora una fuente de fortaleza.

FOTO: Las integrantes de la Fundación Ana Harlen después del desfile. 

Tomada por Leo Rodríguez

 

Frente a un gran espejo y un anillo de led para maquillaje, la actriz Ana Harlen acomoda los turbantes y las pelucas de las mujeres de su fundación. El gran equipo de maquilladores, los estantes repletos de ropa y los medios de comunicación les dan la sensación de que están a punto de salir a la pasarela del Milan Fashion Week y les hacen olvidar que se encuentran en un camerino improvisado en el sótano de parqueaderos de un centro comercial al norte de Bogotá.

 

Mientras Denia arregla su turbante, recuerda el día en que perdió su cabello. Esa mañana pasó delicadamente una toalla sobre su cuerpo mojado. Primero por las piernas, luego por los brazos y finalmente por su cabeza. Aún podía sentir bajo la tela los pequeños pelos que cubrían su cuero cabelludo —se había rapado hacía una semana y creía que así nunca iba a quedar totalmente calva—. Abrió los ojos, se miró en el espejo y rompió en llanto. Tocó su cabeza con desesperación y observó que los cabellos ya no estaban, la sintió totalmente lisa, desnuda. Era la primera vez que lloraba desde que le habían dicho que tenía cáncer. Hoy se mira frente al espejo, pero ya no llora, sonríe.

 

FOTO: Denia siendo maquillada antes de salir a pasarela.

Tomada por Leo Rodríguez

 

En 2011 había empezado a sentir un fuerte dolor de espalda, y en cuestión de semanas ya no podía caminar, como máximo podía estar tres horas de pie, luego quedaba imposibilitada y casi tenía que gatear para desplazarse. A Denia le diagnosticaron leiomiosarcoma, un tipo de cáncer que se origina por la aparición de tumores malignos en las partes blandas del cuerpo. Le hicieron dos cirugías para retirarle el tumor. El día del procedimiento, Denia realizó su primera pasarela: como una modelo, desfiló por el pasillo hacia el quirófano. Sonrió, mandó besos a su familia y se despidió de ellos como si nunca más fuera a volver a verlos.

 

Su cabello largo y crespo le llegaba a la cintura, hasta que empezaron las quimioterapias. Siempre le habían dicho que era muy hermosa, y ella sabía que su cabello era su mayor atractivo. Sin embargo, desde el día en que lo perdió, se sintió fea, extraña, masculina. “El cabello es un accesorio que te hace sentir más bella, más femenina; puedes jugar con él y así mostrar lo que eres como mujer”, dice. También se le cayeron las cejas y las pestañas. Después de unas semanas, ya no tenía pelo en ninguna parte del cuerpo. Se decía a sí misma: “Estoy fea, soy fea”.

 

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FOTO: Denia en la pasarela, después de quitarse el turbante de su cabeza. Tomada por Leo Rodríguez

 

 

Muchas mujeres, al igual que Denia, piensan que al perder su cabellera también pierden su feminidad. Esto se debe a que el cabello largo ha sido asociado con la capacidad biológica de la mujer para concebir, por su similitud con la hierba: la cabellera de la tierra. De ahí que se considere un atributo especialmente femenino. Al igual que Frida Kahlo, cuando estas mujeres perdieron su cabello, se sintieron masculinas, habían renunciado a la imagen femenina que estaban acostumbradas a ver en sí mismas y que les exigía la sociedad.

 

Pero eso ha cambiado para un grupo de ellas, que empezaron a descubrir en esa pérdida capilar otra forma de belleza.

 

Por eso, las quince mujeres que hacen parte de la Fundación Ana Harlen —pacientes oncológicas, mujeres en condición de alopecia y mujeres atacadas con agentes químicos— esperan tras el escenario a que les den la indicación para salir a la pasarela, en una campaña que no pudo tener un nombre más exacto: ‘Mujeres que renacen’. Los murmullos, los elogios y las risas que comparten delatan nerviosismo y ansiedad. La misma ansiedad que tenían hace unos años, antes de salir a la calle y mostrarse tal como eran. Hoy, gracias al trabajo con la fundación, han logrado aceptarse y ser más seguras. “Nos apoyamos y empezamos a decirnos la una a la otra: ‘Qué lindos ojos tienes, qué bella eres’. Encontramos valor no solamente en lo físico, también en el interior”, dice Denia.

 

Ana Harlen empezó a trabajar con ellas hace más de dos años, después de que descubriera que a través del maquillaje y la moda podía mejorar su autoestima. Ana fue atacada con arma blanca por su expareja hace catorce años y desde entonces vivía insegura y llena de miedos a causa de las cicatrices en su rostro. Pero después de un extenso proceso de autoaceptación, decidió compartir su conocimiento sobre el maquillaje y el modelaje con mujeres que pasaban por una situación similar, para así mostrarles que la vida continúa y que la belleza no siempre está en los lugares más obvios.

 

Sin embargo, desde que se creó la Fundación, jamás habían realizado un desfile, por eso el nerviosismo. Algunas nunca pensaron llegar a hacer algo así. Otras estaban cumpliendo un sueño. Según ellas, la enfermedad o la condición que tienen no les ha traído exclusivamente momentos difíciles, pues a pesar de los cambios físicos, han hecho cosas inimaginables, como poder estar en una pasarela ahora y mostrar que la belleza no es solo exterior.

 

Cuando salga voy a hacer una locura, me voy a quitar la peluca enfrente de todo el mundo —dice Angelie.

 

FOTO: Angelie (33 años) desfilando después de desprender su peluca. Tomada por Leo Rodríguez

 

 

Angelie mueve sus hombros y sus caderas de lado a lado como si fuera una modelo profesional. Los pasos largos y secos de su marcha, hacen que su cabello voluminoso se eleve. En la mitad de la pasarela da una vuelta, y con sus manos desprende la cabellera negra y ondulada de su cabeza. Ahora su piel lisa y brillante, de la que sobresale un tatuaje en forma de mandala, es la protagonista. El público se emociona, le aplaude y grita.

 

Ella se siente poderosa, aunque no siempre fue así. Permaneció casi toda su vida detrás de una peluca. Desde muy pequeña fue diagnosticada con alopecia universal, una condición caracterizada por la pérdida del pelo de todo el cuerpo. No causa dolor físico, pero sí emocional. El cabello es arrebatado sin ninguna justificación. A los diez años se le empezó a caer y desde entonces y hasta hace unos meses hizo todo lo posible para ocultar su condición. “Recuerdo que mi mamá me peinaba mucho para poder tapar las zonas en las que no tenía cabello, también me toco maquillarme superjoven, porque se me empezaron a caer las cejas y las pestañas”.

 

FOTO: Angelie en el camerino antes de ser maquillada. Tomada por Leo Rodríguez

 

La peluca fue la única forma en la que Angelie pudo sentirse bella durante años; sin embargo, se sentía incómoda e irreal, era un falso reflejo de sí misma. A veces, su peluca negra se desajustaba y la inseguridad no tardaba en aparecer. “Tú llevas una peluca y siempre te sientes insegura. Por ejemplo, si vas por la calle o si estás con tu pareja y amigos, y te jalan el cabello, te sientes expuesta, como si te rasgaran el vestido y te dejaran desnuda”, explica.

 

En medio de una situación tan cotidiana como estar con su pareja, Angelie se sentía insegura. A ninguna de las personas con las que salió fue capaz de hablarle de su condición, tal vez por el miedo a ser rechazada o a dejar de ser amada. Una tarde, junto a su pareja, en un momento de intimidad, se le cayó la peluca. La angustia y la desesperación no le permitían reaccionar, solo lloraba y gritaba. Le decía a su novio: “¡Vete!, ¡vete!, no me veas”. Angelie había quedado en un estado de vulnerabilidad, como si al quitarle su cabello, al igual que Sansón, hubiera perdido su fortaleza.

 

Lo que sentía Angelie en ese entonces también lo sintió Denia, quien terminó su relación por su enfermedad y su apariencia física. “Yo sentía que ya no le interesaba, ya no me miraba con los mismos ojos. Ya no me veía como una mujer, como su esposa”. Denia extrañaba que su esposo le dijera que era hermosa, que la hiciera sentir bella.

 

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La juventud y el entusiasmo de Mar invaden la pasarela. Siempre ha sido una mujer muy optimista. Irradia alegría y no pierde la esperanza de que su enfermedad sea totalmente curada. Hace casi un año le diagnosticaron cáncer de mama, luego de que sintiera un tumor pequeño y una mancha en su seno derecho. El día que recibió la noticia quedó con la mente en blanco y caminó durante horas intentando asimilar lo que le habían dicho.

FOTO: Mar (28 años) siendo maquillada antes de salir a pasarela. 

Tomada por Leo Rodríguez

 

Antes del proceso de quimioterapias, Mar tenía el cabello liso y un poco más abajo del pecho. Recuerda que se bañaba y al pasar la mano por su cabellera se quedaba con grandes mechones de pelo. Lo mismo pasaba cuando se peinaba: los pedazos de cabello se quedaban en el peine, en las sabanas, en las almohadas, en el piso, en todos lados. Por eso decidió raparse. Desde que se enteró del cáncer fue consciente de los cambios por los que iba a pasar su cuerpo, y el cabello nunca fue su preocupación. “A veces uno se preocupa mucho por el exterior y no por el interior. Si yo no tengo salud, no soy nadie. No puedes trabajar, no puedes salir, no puedes hacer nada”.

 

Sin embargo, el día en que se rapó y cuando le hicieron la mastectomía pensó en su pareja y, al igual que Denia y Angelie, creyó que su relación podría verse afectada por su nueva apariencia física, pero, por el contrario, su novio le recordó lo hermosa que era. Mar sabe que su fortaleza proviene, en parte, del apoyo de su familia y de su novio. Muchas veces, aunque ella no logra sentirse bella, ellos le recuerdan que lo es. Poder estar en una pasarela, desfilando y poder recibir todos esos aplausos y elogios te hacen sentir hermosa otra vez”, dice Mar.

 

FOTO: Mar subida en la pasarela. Tomada por Leo Rodríguez

 

No son modelos, pero se sienten como tal. Cada aplauso y cada sonrisa las hace sentir más valiosas. Sienten que aún tienen mucho que ofrecer al mundo. Han aprendido a verse bellas, y el maquillaje y la moda han sido su principal herramienta, pues les han ayudado a resaltar la belleza que creían no tener y se han convertido en una forma de fortalecer su autoestima. Según Ana Harlen, el maquillaje no es algo superficial, pues cuando se maquillan no lo hacen para otros, sino para sí mismas. “Cuando maquillo a las chicas les digo: ‘Obsérvense, son hermosas. Admírense y díganse cosas bonitas’”.

 

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FOTO: Denia junto a otras dos integrantes de la fundación en pasarela. 

Tomada por Leo Rodríguez

 

Denia camina rápido, sus pasos firmes y su espalda erguida demuestran fortaleza y seguridad. Desde la pasarela les sonríe a sus hijos, quienes la miran con admiración. Ha vuelto a sentirse bella, más saludable, más viva. El cáncer pasó a un segundo plano. Angelie se siente más sexy, ahora las pelucas y los turbantes no son una forma de ocultarse, se han convertido en un accesorio, en una “herramienta poderosa” que resalta su belleza. Mar ya no piensa en su enfermedad ni en la muerte —lo que más le preocupaba—, ahora muestra más de sí misma, irradia amor y alegría.

 

Poco a poco estas mujeres han aprendido a aceptarse y han entendido que la belleza está más allá de los estereotipos. Para algunas de ellas es lamentable haber esperado a tener cáncer para comprenderlo; sin embargo, ahora notan que siempre han sido bellas y que lo que transmiten como mujeres y la riqueza que poseen como seres humanos las hace completamente bellas. Ahora miran atrás y se repiten una y otra vez como un mantra: “Gracias por ser fuerte, por luchar, por nunca desistir. No olvides que siempre has sido hermosa”.

 

Más de nuestra edición 64 de la revista impresa: Cuerpo y moda

 

 

 

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