Gabo, la historia de un estudiante excepcional

El museo ‘El Colegio de Gabo’, donde el propio escritor narra su historia, abrió sus puertas al público el pasado 18 de julio, puede ser visitado cualquier día de la semana entre las 9:00 a.m. y las 5:00 p.m. La entrada es gratuita y está ubicado en la Calle 7 #8-2 de Zipaquirá a tan solo nueve minutos de la Catedral de Sal.

 FOTO: El colegio de Gabriel García Márquez en Zipaquirá

 

Gabriel García Márquez, uno de los mejores y más recordados escritores de la historia de Colombia, ha sido rememorado nuevamente, y esta vez, en el colegio en donde estudió e inició su vida como escritor.

 

García Márquez viajó a Bogotá con la intención de buscar una beca en el colegio qué más se adaptara a su educación. Sin embargo, una noche llegó a Zipaquirá tocando la puerta de lo que era entonces el antiguo Liceo de Varones, con 237 años de historia, fue un colegio, pero también un cuartel del ejército, usado en las milicias y para las caballerizas. El Liceo, por el que también pasaron el reconocido periodista Germán Castro Caycedo y el actual campeón del Tour de Francia, Egan Bernal, fue declarado centro cultural en 2009 y, en el 2014, se declaró como la Casa del Nobel de Literatura.

 

En la entrada se observa un pasillo largo junto a un cuarto donde siempre se encontraba al portero Riverita que, como relata Gabo, era un muerto viviente, pues nunca descuidaba su puesto y, hasta en las noches, hacía rondas para asegurarse de que todos los estudiantes internos acataran las órdenes del rector.

 

A la izquierda están los diferentes salones en los que compartía el hijo de Aracataca con sus compañeros y profesores. El profesor Carlos Julio Calderón fue su maestro más fiel desde que estuvo en cuarto de primaria; quien lo acompañó en todo su proceso de formación, dictándole siempre las clases de español donde lo convenció de nunca desistir de la escritura.

 

El profesor Héctor Figueroa fue el cómplice de Gabo, con él compartía su amor por los boleros y, aunque en aquel momento no existían radios portátiles, todas las noches prendían una vieja consola, que aún se mantiene en el mismo lugar, y sonaba por todo el colegio para que los estudiantes bailaran.

 

Gabriel José, no era muy bueno con las matemáticas, pero aún con sus bajas notas lograba destacarse entre sus compañeros por su alegría. Sus mejores amigos eran sus coterráneos, fanáticos de la música y de la rumba.

 

Sus primeros amores fueron a través de las grandes ventanas del salón de matemáticas. Cecilia González Pizano vivía frente del portal del Liceo con su tía, en una mansión colonial y su relación se vio reducida a los poemas, desde ese momento, cuadraban sus escapadas para las cantinas todos los fines de semana y encontraron la forma en qué la bella joven se infiltrase en las clases de literatura. 

FOTO: Caricatura de Gabo en el museo

 

Siguiendo por el recorrido, encontramos la cocina donde cada comida tenía un horario específico sin la mínima variación. Cinco comidas diarias que debían tomar sin falta. Platos que carecían de sabor: “Eran muy predecibles y no dejaban nada de imaginación, pero muy a pesar de ello, la seguridad de tres comidas al día, bastaban para suponer que, en aquel refugio de pobres, vivíamos mejor que en nuestras casas”, asegura el Nobel en el audio guía. 

 

 FOTO: La cocina del colegio de Gabo

 

El salón de música, ubicado en la primera planta, hace honor a Guillermo Quevedo Zornoza, quien también fue un personaje importante en la formación de García Márquez. “El maestro, compositor y director eterno de la banda municipal y autor de Amapola, nunca supo y ni me atreví a decirle, que el sueño de mi vida era ser como él”. Allí se encuentran muestras culturales e instrumentos de vital importancia que donó José Valencia para culminar los estudios.

 

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En el segundo piso, además de los salones de clase restantes, se encuentra la biblioteca del Liceo, donde Gabo pasaba horas leyendo. En un canasto les guardaban bocadillos y variedad de panes para que no perdieran el hilo de sus lecturas mientras merendaban.

FOTO: La biblioteca donde leía Gabo

 

A García Márquez le tocaron  tres rectores, pero el que más lo marcó fue Alejandro Ramos, el más estricto cuando revisaba la presentación de cada estudiante. Nunca salía de su oficina, a menos que tuviera que dictar una de sus clases de matemáticas.

 

Gabriel sufría de pesadillas por el silencio de la madrugaba, cada vez que se despertaba gritaba con tanto desespero que sus compañeros lo atacaban a almohadazos. Por esto, en su último año, fue trasladado a una recámara situada al lado de la rectoría donde fue testigo de saqueos a la cocina y cenas perfectas.

FOTO: La segunda planta de la casa y la vista al patio 

 

Cuatro escalones más arriba se encontraban las habitaciones de sus compañeros: salones largos con hileras de camas, cada una con un baúl a sus pies.

 

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Por último está el patio, en donde todas las mañanas debían formarse y hacían ejercicio, pero en las noches era sitio de reunión para bailar entre los hombres, escuchar y discutir las noticias.

 

El primer periódico que se publicó en el colegio por iniciativa de los estudiantes fue La Gaceta Literaria del Grupo de los Trece. Sus autores, entre los que se contaba el futuro Nobel, se reunían una vez a la semana en una especie de consejo de redacción para definir los temas de la publicación.

 

 FOTO: El primer periódico de Gabo                      

 

Gabriel nunca dejó la fiesta al lado, es tanto el reconocimiento en la ‘Ciudad de Sal’, que cuando se acabó la primera Guerra Mundial, salió a las calles con sus amigos, con voces de victoria. Allí en el balcón de la plaza mayor pronunció un discurso que fue ovacionado por los asistentes.

 

Al salir del colegio, en su fachada, cuelga una placa de la alcaldía de Zipáquira qué cuenta con pequeños errores de ortografía (acojió, en vez de acogió). Sin embargo, debemos recordar qué Gabriel José de la Concordia García Márquez, tenía una pelea de vida con ella, pues en el último congreso al que asistió antes de su muerte, pronunció: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos los haces rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver”.

 

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