Carta a otra Cartagena

Para viajar, el dinero es necesario, pero no lo fundamental. Las playas conocidas hacen parte del plan, pero no excluyen las otras en las que se puede estar. Cartagena, ciudad caribeña equivalente a la mariposa, vuelas por tu pasado y resaltas por tus colores.

 

A pesar de tu historia llena de colonialismo y esclavitud, nos brindaste la libertad de andar por tus calles tranquilas y pacíficas que abordaban lugares cotidianos pero no comunes. Existía tranquilidad al pasar a diario por la torre del reloj y no sentir la presión del tiempo, sino por el contrario, reconocerla como referencia de llegada o salida a los rincones que nos llamaban y brindaban magia, mucha magia.

 

 Torre del reloj// Cartagena // Ana María Mateus

 

Eres diversidad de colores y contrastes. Unos irradiaban vivacidad, resaltaban con el sol y pintaron nuestras caras de verdes, rosados intensos, amarillos y blancos. También nos permitiste conocer aquellas zonas donde lo más lindo no es una fachada, sino la alegría de los pescadores, de los niños corriendo, de un mercado lleno de incontables olores y de los grises de las paredes que conformaban casitas pequeñas. En ese camino para ir hacia Playa Blanca conocimos de frente la Cartagena de la que poco se habla, pero de la que se aprende bastante.

 

Un bus grande y totalmente rojo, con telas colgando por sus ventanas y música a todo volumen. Allí íbamos dos sujetos sudando y sudando a causa del delicioso sol que nos cobijaba. Cada persona que se subía nos acompañaba con una mirada que gritaba “son turistas”. Y sí. Cómo camuflarnos en medio de la cotidianidad cartagenera. Se subían vendedores que compartían nuestro destino, pero fue Benicia quien nos guió en lo que restaba de viaje. “Yo mismita hago las cocadas. Voy pa’ Playa Blanca a venderlas. Bájense conmigo y juntos los tres cogemos el carrito que nos deja ahí no más”. Sin dudarlo y sintiendo su confianza, aceptamos.

 

Una vez llegamos al carro, sólo cruzamos miradas de confusión, pues el estado en el que se encontraba no era el mejor. Techo roto remendado con bolsas de basura, no existía alguna llave que prendiera el motor y el impulso en el camino se hacía cada vez peor. En este automóvil se juntaban dos cables para poder andar. Dejándonos llevar por la aventura disfrutamos del verde de los árboles, así como de las historias de Benicia y su conocido.

 

Llegamos a Playa Blanca, que no estuvo tan blanca, sino encapotada con un cielo gris el cual espantó ese sol gigante con el que veníamos. Las nubes acompañaron nuestra estadía sobre un mar que, de todos modos, nunca dejó de jugar con sus tonos azules.

 

 Playa Blanca// Cartagena // Ana María Mateus

 

 

Cartagena, cuántas variedades tienes. Nuestros regresos conllevaron algún acontecimiento extraordinario que nos hicieron pasar por vergüenzas o momentos de estrés, pero nunca fueron motivo de tristeza o de rendirnos.

 

Fuimos dos jóvenes andando por nuevos caminos y que moldeábamos a la par de un presupuesto y un tanto de emprendimiento. 

 

De nuevo en casa. Sí, esa casa acogedora que nos prestaste. De las antiguas y grandes, con hamaca y muchos colchones para descansar. Una casa naranja que resaltaba en medio de ese callejón tan tuyo y tan lindo, lleno de más colores y pasos por andar.

 

Dentro de Getsemaní y su magia. Nos resguardaste de una forma muy segura y tranquila, en una ubicación ideal y barata. Pudimos conocer gente nueva. 
 

La Plaza de la Trinidad fue toda una manera de hacer amigos, de reunirnos a cantar por las noches y compartir una cerveza fría, ¡helada! con quince extranjeros y uno o dos colombianos. A veces una paleta de frutos rojos o de lulo. Ese lugar fue sinónimo de encuentros: con las demás personas y también con nosotros mismos.

 

  Plaza la Trinidad  // Cartagena // Foto tomada de banco de imágenes

 

Otro día más y nos dejaste vivir una experiencia maravillosa. Un pasadía en una playa hermosa que pocos conocen. En eso también radica la idea de viajar ¿no? además de lo turístico, explorar sitios nuevos que economizan el viaje y sorprenden la mente y el corazón. The Beach Hostel, justo al frente de Bocagrande a 10 minutos en lancha. Fue increíble.


Imagina poder tener una playa hermosa enfrente, almorzar con una vista espectacular, descansar en hamacas, en camas playeras, meterte a la piscina y tomar deliciosos cocteles, todo por $70.000. No se trata de promocionar el lugar, sino de contar las posibilidades de disfrutar de un destino tan turístico al que muchas veces le temen por la cantidad de dinero que se puede gastar.

 

 Llegada a The Beach House// Cartagena // Ana María Mateus

 

Fueron siete días que requirieron de ahorros y esfuerzo, pero sin miedo y sin pena decidimos disfrutar bajo el presupuesto que pudimos. Nunca nos limitamos. Distribuir y compartir es importante. Claro está que no nos faltaron los lugares más típicos: el Castillo San Felipe, las bóvedas, toda la ciudad amurallada, ver los barcos gigantes que reposan en el muelle… en fin.

 

Gracias, Cartagena. Gracias por abrirnos las puertas de tu historia y seguir construyendo la nuestra. Esperamos volver pronto y seguir conociendo más de lo que tienes escondido ahorrando y disfrutando. Sigue brillando que nosotros, desde lo que podamos, te seguiremos cuidando.

 

 

 Centro de Cartagena// Cartagena // Ana María Mateus

 

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