La Academia de Parapsicología Urantia se dedica a la enseñanza de todo aquello que la para la mayoría de las personas está en el terreno de la fantasía. Aquí, entre clases que hablan de hadas, duendes, demonios, fantasmas y extraterrestres, decenas de personas se dedican a estudiar lo oculto.

 

FOTOS: Cortesía de la Academia de Parapsicología Urantia. Isabel Goyeneche en ritual con elemento aire.

 

De pronto el salón queda en silencio, todos se persignan y un hombre empieza a rezar un padrenuestro esotérico:

 

“Divino maestro que viniste al mundo a lavar nuestras almas con tu preciosa sangre y con tu pasión a enseñarnos a perdonar a los que nos han ofendido”, dice mientras el grupo le hace eco. Unos lo recitan de memoria, otros lo leen para poder ir a la par. Oran con calma. “Divino Rabí, si estamos contigo nos libramos de las tentaciones”, repiten en un murmullo monótono que inunda todo el espacio. De pie junto a sus pupitres, con la cabeza baja y rodeados por el débil olor a incienso, piden por sus necesidades espirituales y materiales, por la infinita misericordia del Padre y la capacidad de comunicar el amor de Dios a los demás.

 

Rezan con devoción porque saben que el camino que emprendieron cuando entraron al mundo de la parapsicología solo se puede recorrer de la mano de Dios o de la del Diablo. Fervorosos, hombres y mujeres a los que han tildado de locos por pensar diferente terminan su oración con un simple: “Gracias, así sea y así se cumpla”. De esta forma comienza cada nuevo día de clases en la Academia de Parapsicología Urantia.

 

Son dos casas ubicadas una a cada lado de la carrera 27 con calle tercera, en el barrio Santa Isabel de Bogotá. Al entrar, se ve un largo salón con pupitres organizados en filas y columnas paralelas que cada sábado congrega a los estudiantes para las clases de elfología, holística, magia, exorcística y muchas otras ramas más de la parapsicología que Alexánder Torres, como fundador y director de la Academia, quiso reunir en un solo sitio.

 

Al lado de la entrada, en una pequeña vitrina que despliega el menú de productos de la academia, se pueden comprar dagas, aceites, desimpregnadores –para librarse de energías negativas–, incienso, piedras como el ojo de tigre para contrarrestar los miedos o el ónix para limpiezas energéticas, canalizaciones y armonizaciones e incluso la mercancía del programa Ellos están aquí de RCN –en el que Alexánder participa desde hace cuatro años– que también parece muy bien anunciado en un póster de piso a techo en una de las paredes del aula.

                                                                                         FOTO: Vitrina de aceites y esencias a la entrada de la Academia.

 

Finalmente, al lado de la imagen, en un tablero de corcho, está el reglamento interno de la Academia cuyo punto 11 demuestra su posición frente a la magia mal utilizada “No se permite ningún tipo de agresión verbal, física, astral o mágica entre los miembros del grupo”. “Nosotros acá no enseñamos mañas mágicas. No hacemos Harrys Potters en tres años. Aquí lo que tratamos de hacer es enseñar a las personas a que puedan tener una evolución espiritual integral para ellos mismos”, afirma Isabel Goyeneche, instructora de la academia y compañera de Alexánder en el programa Ellos están aquí.

 

La curiosidad por lo paranormal es la que atrajo a los 120 alumnos que cada sábado llegan a las puertas de Urantia. A las nueve de la mañana entra el primer grupo. Hay gente que apenas pasa los veinte años y otra que ya parece estar llegando a los sesenta. Cada uno trae una historia, una pregunta sin resolver o una experiencia por descifrar. Unos dicen haber visto hadas, duendes o ángeles, otros han contactado espíritus, otros han visto ovnis e incluso alguna dice haber visto a un reptiliano, una criatura con la silueta de hombre pero con colmillos afilados y el cuerpo cubierto por una densa capa de escamas de cocodrilo. Llegaron a Urantia buscando respuestas que la ciencia, la razón y la religión no han podido contestar.

                                                                                                                                FOTO: Estudiantes academia Urantia.

 

Andrés Pinilla es uno de ellos. Comenzó en enero guiado por su fuerte conexión a lo paranormal. A pesar de que su familia le advierte constantemente que no sea ‘loco’ o ‘fanático’, cree haber encontrado respuestas más allá de las preguntas con las que llegó. Preguntas como ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos? y ¿quién es Dios? son solo algunos de los puntos de partida sobre los que se mueven los conocimientos compartidos dentro de la academia.

 

—Yo entré en enero. Empezamos como 40 y quedamos 15 —dice Andrés mientras termina de desempacar su maleta en un pupitre junto al mío—. Mucha gente llega aquí por curiosidad, otros creen que van a salir en el programa, que van a ser famosos y no, señor, así no son las cosas. Aquí vemos los diferentes mitos de la creación, vemos qué es la Trinidad, la importancia del número 7, vemos numerología, el árbol de la vida, la historia de Adán y Eva, la rebelión de Lucifer…

 

Entonces saca un grueso libro de tapa azul con la imagen de un árbol en medio de una planicie rojiza. No tiene el nombre del autor, solo dice en grandes letras anaranjadas El libro de Urantia. También es conocido por algunos como La quinta revelación, pues dicen que fue escrito por seres celestiales a través del cuerpo dormido de una persona, con el fin de entregar conocimiento a la humanidad sobre Dios, Jesús, el universo, la historia del mundo y mucho más.

 

Luego, como si quisiera respaldar con evidencia sus argumentos, Andrés saca su celular para mostrarme una foto titulada Un pequeño punto azul pálido, que fue tomada por la sonda espacial Voyager 1 de la NASA a 6.000 millones de kilómetros de la Tierra. En ella se ve una recta naranja, borrosa, que atraviesa de izquierda a derecha el vacío negro del espacio. En la mitad hay un pequeño punto azul, esa es la Tierra, una partícula insignificante sobre un fragmento insignificante de nuestro vasto universo.

 

—Entonces si somos esto, ¿será que estamos solos? —dice y suelta una amplia sonrisa; la expresión de un hombre que cree estar viendo el mundo por primera vez.

 

El libro dice que la Tierra —según el texto, su nombre real es Urantia— se ubica dentro de un universo local llamado Nebadon. Este, a su vez, pertenece a Orvoton, uno de los siete superuniversos que componen el cosmos. En el centro de esos siete superuniversos está el Paraíso, “el centro geográfico de la infinidad y la morada del Dios eterno”.

 

—Obviamente, usted puede creer lo que quiera, no le tiene que comer cuento a todo el mundo —acepta Andrés mientras cierra el volumen. —Pero si el libro fue un invento, pues que carretazo tan bien echado.

                                                  FOTO: Trabajo de armonización de chakras con elemento agua.

 

***

 

Nos sentamos alrededor de un escritorio de madera mientras esperamos a que el instructor de angeología, Jota Muza, encienda el proyector. La luz invade la pared y se ve la foto de un extraterrestre. Tiene la forma de un hombre, pero le falta el rostro y todo su cuerpo parece estar compuesto de una luz azulada. No tiene ojos, pero es como si estuviera mirando directamente al grupo. Hoy la clase será sobre seres celestiales anteriores a Adán y Eva y sobre hadas, sirenas y gnomos, o como ellos los llaman: seres intermedios y seres elementales.

 

Antes de comenzar la exposición, Jota les recuerda a sus alumnos mantener la mente abierta, pero parece que lo dice por obligación más que por convicción. Lleva 22 años estudiando El libro de Urantia y sabe muy bien que la gente aquí reunida está acostumbrada a un discurso no convencional. Luego advierte que es necesario hacer una distinción entre tener la mente abierta y creer en absolutamente todo, pues, según él, en este sentido el conocimiento no busca ser una verdad universal, sino únicamente un camino para el avance espiritual. El camino de alguien que ha decidido creer.

                                                                              FOTO:  Clase de angeología con el instructor Jota Muza.

 

Por su parte, dice haber recorrido muchas culturas en busca de ese conocimiento. Una de ellas fue una comunidad emberá que visitó con un grupo de investigación para aprender sobre el poder de los jaibaná –los chamanes–, aquellos que interactúan con los espíritus elementales del mundo. Cuenta que una noche una niña tenía disentería y estaba gravemente deshidratada. Para curarla, el jaibaná la sentó sobre una estera, sacó un tabaco y empezó a fumar. La rodeó con el humo del tabaco y empezó a cantar y a dar vueltas a su alrededor con unas hojas de parará que agitaba como si fueran cascabeles. Bailó a su alrededor sin dejar de fumar y cantar, hasta que de repente tomó un caracol y lo sopló con todas sus fuerzas. La selva quedó en silencio y, al día siguiente, la niña estaba sana. Para él, los elementales son seres de un gran poder, pero depende de ellos con quién lo utilizan.

 

Mientras Jota da una explicación sobre los conceptos teóricos acerca de estos seres de los que trata El libro de Urantia, las imágenes a las que recurre hacen que se refuerce la idea de que siempre han existido los seres de otros planetas. Se ven hombres y mujeres sin rostro cubiertos por luces de colores que recuerdan el desorden armónico de una galaxia. Hay otros también con silueta humana pero cubiertos de plumas azules o escamas verdes. Algunos incluso tienen ojos como los de una mosca y la cabeza con la parte de arriba mucho más grande, como si necesitaran más espacio para el cerebro. Según el libro, se trata de seres que se han desarrollado en ecosistemas muy diferentes al nuestro, por lo que nacen con una apariencia distinta a la de nosotros, los urantianos. Además, aseguran que las hadas y los gnomos no son más que seres que pueden decidir manifestarse como quieran, por lo que normalmente se adaptan a la idea que se tenga de ellos a la hora de hacerlo.

 

Hay silencio mientras Jota hace su exposición. Todos toman notas y miran con seriedad al hombre frente al proyector que les habla de aquellas criaturas que muchos conocieron primero en los cuentos infantiles. La presentación termina con una reflexión personal del instructor, “Todo es espiritual, todo es espíritu, es la energía del Padre Universal vibrando en diferentes intensidades de velocidad y frecuencia”.

 

                                                                                                                                                                           FOTO: Corte de energía negativa.

                                          ***

 

Andrés Pinilla entró a la academia debido a su afición por los espíritus. Carga en su maleta un pequeño aparato no más grande que un celular con el que mide la energía electromagnética. En el descanso entre clases lo acompaño a su carro, prende el aparato y mira con esperanza la aguja del medidor. Cuando lo pone sobre el timón se ve que la aguja que antes había permanecido inmóvil empieza a moverse tímidamente hacia el área roja del aparato y una luz del mismo color se enciende en la punta. Mientras esto pasa, Andrés abre los ojos y deja escapar nuevamente su amplia sonrisa. “A veces la gente no le cree a uno, dicen que esto debe tener un botón por allá atrás para prenderlo y vea que no”, dice sin esconder los dientes mientras le da vueltas al aparato. Al parecer esta es la prueba que valida sus creencias: una luz que le dice que allí hay energía.

 

Pero otros entran por razones diferentes. Isabel Goyeneche llegó a la academia hace seis años como

estudiante y actualmente es instructora de angeología, tarot, oráculos y botánica mágica. Se graduó de Relaciones Económicas Internacionales, un campo en el que estuvo trabajando muchos años antes de entrar a la academia, mas eso no la desvinculó de sus creencias, pues desde muy pequeña dice haber tenido una fuerte conexión con lo espiritual.

 

“Tenía sueños que a veces resultaban premonitorios, jugaba con las cartas a adivinar cosas o a decirles cosas a mis amigos. De ahí viene mi lineamiento por la parte de los oráculos”, dice Isabel mientras recuerda algunos de los episodios que la trajeron aquí. Es capaz de hablar con naturalidad sobre poltergeists, avistamientos de ovnis y ritos de sanación, porque está convencida de que aquellos que no creen lo hacen simplemente porque no han visto algo así o, si lo han hecho, no se atreven a darle una explicación sobrenatural.

 

Esto es algo en lo que concuerda Alexánder Torres: aquellos que no creen es porque no se lo han permitido. Sentados en su oficina, recuerda un episodio sucedido durante una investigación en Armero junto con un compañero suyo llamado Yesid Guzmán. Eran casi las dos de la mañana e iban caminando por una de las calles del pueblo cuando escucharon el lamento de una mujer. Ambos lo escucharon, pero cuando voltearon a mirar no había nadie. Dice Alexánder que la sentía caminar detrás de ella e incluso creyó verla esconderse detrás de un árbol. Siguieron caminando cuando cayó la primera piedra. De cada lado de la carretera empezaron a lanzar rocas y ninguno se explicaba quién o qué las lanzaba. Todo sucedió muy rápido, pero pudieron grabarlo.

 

Entonces muestra el video: hay muchos pixeles en la pantalla que revolotean como moscas y distraen la atención del segundo en el que una mancha blanca aparece en la parte superior izquierda de la pantalla. El video vuelve a empezar, ahora más lento, con un énfasis en la figura que ahora parece el perfil de una mujer que pasa caminando detrás de un árbol. No dura más de cinco segundos y no se diferencia de muchos de los videos que hay en internet sobre apariciones sobrenaturales. Sin embargo, no deja de ser curioso que Alexánder y su equipo lo tengan como la prueba clave de los dones de sensibilidad espiritual que a lo largo de los años ha desarrollado el parasicólogo.

 

 

***

 

Yo siempre he dicho que el parasicólogo investigador que diga que no le da miedo es un gran mentiroso —afirma Alexánder mientras aspira una bocanada de su cigarrillo mentolado, mira hacia arriba y la sopla con suavidad—. Porque todavía estamos en el plano terrenal y ese sentimiento existe, uno no puede decir que no. Que uno aprende a manejarlo es diferente, pero el miedo siempre está.

 

—¿Qué es lo más peligroso? —le pregunto. Él apoya el cigarrillo sobre un cenicero de calaveras y se recuesta sobre su silla.

 

—Yo creo que debe de haber cosas muy fuertes, mucho más grandes y que pueden llegar a hacer un daño impresionante. Siempre va a existir ese temor de contra qué me voy a enfrentar o qué me voy a encontrar en el camino. Pero al mismo tiempo, ¿qué opaca ese temor? Tu fe.

 

Esto es algo que nunca deja de recalcar en sus clases: la fe. Más tarde, parado frente a un salón lleno de estudiantes, Alexánder prende una vela y acerca su rostro “ustedes tienen que sentarse a mirar la llama y deben hablarle. Dejen que el fuego les diga cosas. Háblenle ustedes, díganle que se mueva para la derecha, para la izquierda, que suba o que baje, y no pierdan la fe –gira la cabeza y mira al grupo–. Si ustedes ven que se mueve y dudan, perdieron todo el trabajo”.

 

Una mujer en la última fila alza la voz. Dice que ella no ha perdido la fe y que por eso ha logrado llegar a dominar el clima. No hay ninguna voz que se atreva a contradecirla, pues los estudiantes de Urantia han aprendido a creer en lo imposible, en todo aquello que la ciencia nunca les ha mostrado o que la gente les ha dicho que solo existe en la fantasía.

 

Es como si dentro de ese salón las barreras de lo que es real y lo que es creencia no existieran, pues todo lo que alguna vez se ha pintado como imposible puede representar para ellos una posibilidad de fe. Allí se hace magia, se cree en los extraterrestres, se pregunta constantemente quiénes somos nosotros en este universo… Para ellos, creer es algo natural.

 

De vuelta en su oficina, Alexánder entierra la colilla humeante en el cenicero de calaveras. Su sueño es llevar la Academia a cada ciudad de Colombia. Está convencido de que Dios es el único dueño del conocimiento, y que su labor en Urantia es servirle a Él.

 

                                                          FOTO: Canalización energética de los cuatro elementos.

 

 

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