Natalia Rivero narra en este texto cómo siente que algo inefable, similar a una enredadera, se va a apoderando de ella, por dentro y por fuera, y cómo la asfixia hasta tomar el control de su cuerpo. Unas palabras sobre un trastorno que puede afectar a cualquiera.

 

1. Soy una extraña en mi propio cuerpo. Se apoderó de todos mis movimientos, colonizó mi cuerpo y no tiene planes de liberarlo. Mis piernas ya no me responden, le pertenecen. Cuando el médico vino de urgencias intenté explicarle que sentía mis piernas extrañas, que ya no eran mías, pero no supe cómo decirle eso sin evitar sentirme una idiota completa. ¿Cómo le explico que ya no soy yo, sino que me robaron la voluntad?

 

2. Mis piernas, brazos, mi espalda y mi cerebro ya fueron colonizados. Ya no los siento. Sé que estoy en mi casa, pero no me siento en ella. Es un lugar completamente distinto. Mis afiches, mis libros, mis atrapasueños, mi ropa, todo lo desconozco. Mi cuarto ya no es mi cuarto. Soy una extranjera en mi propio hábitat. Me robó hasta la risa.

 

Mi cerebro está activo todo el día. Hoy tengo la misma canción en loop rodando por mi cabeza. Aunque es una de mis favoritas, ya no puedo escucharla. Intento cerrar los ojos a la fuerza, a ver si me duermo y por fin se calla. Deja de sonar, pero ahora tengo ráfagas de pensamientos. Van tan rápido que parecen carros de Fórmula 1. Nunca me había dado cuenta que podía pensar tantas cosas en tan poco tiempo. 

 

3. No duermo. Cierro los ojos y siento que voy a poder dormir, pero en realidad los pensamientos siguen el mismo ritmo. Tengo imágenes mentales de series de televisión, de lo que pude haber dicho hace cuatro años, de cómo me vestí hace dos días y de lo solitaria que me siento. Todo eso pasa en un minuto. Me pregunto si alguna vez voy a poder dormir de nuevo.

 

Estoy en un carrusel, solo que da vueltas muy rápido. Es como una atracción extrema y ya me quiero bajar. Yo solo quiero que pare, que me deje dormir. Siento que en algún momento voy a vomitar.

 

4. Respiro rápido. El corazón se me va a salir. Todos los sonidos a mi alrededor, repentinamente aumentaron su volumen. Escucho el segundero del reloj, la radio, las voces de mis papás, mi perro ladrando, nuevamente las voces de mis papás, mi propio corazón y mis pensamientos, todo al mismo tiempo. Se apoderó completamente de mí. Me robó el sueño, mi cuarto, se apoderó de mis movimientos y ahora de mi voz. Ya no me puedo escuchar, ya no puedo hablar.

 

Sudo frío, tengo un nudo en el estómago. Voy a vomitar. Algo muy malo va a pasar. Tal vez me de un paro cardíaco, una embolia, algo. Se apoderó de mis lagrimales. Estoy llorando sola en el baño y ni siquiera entiendo qué carajos me pasa. No sé quién soy ni por qué estoy acurrucada llorando.

 

Veo el celular borroso porque las lágrimas me empañan la visión. Con las manos temblorosas le escribo a Mari, mi amiga. Le digo que me ayude, que no sé qué tengo, que me estoy volviendo loca y tengo mucho miedo. Ella me dice que me calme, que está conmigo y que no estoy loca.

 

5. Mari me compartió el número de su psicóloga. Al día siguiente voy a verla y me explica que lo mío fue un ataque de ansiedad y que es más usual de lo que se cree. De hecho, recuerdo que antes me había ocurrido algo similar, pero no con tanta fuerza. En ese entonces tampoco supe qué nombre ponerle a lo que me estaba pasando.

 

Carolina, la psicóloga, me dice que la ansiedad tiene una raíz. Es como una enredadera que va subiendo de a pocos a un árbol y lo va asfixiando, le va robando su espacio, su cuerpo. Esa enredadera colonizó mi corazón y voy a tener que convivir con ella toda mi vida.

 

La ansiedad es un parásito que se alimenta de pequeñas frustraciones o molestias y produce una sensación constante de miedo, aunque no haya algo específico qué temer. Por eso siempre tengo miedo, ahora mismo lo siento. Hay días en los cuales no se asoma, mientras otras veces la desesperación me hace llorar en la calle y solo quisiera salir corriendo.

 

Yo procuro que no se note, pero a veces las ramas de la enredadera se salen por las mangas de mis chaquetas y siento que todo el mundo las ve.

 

No tomo medicamentos, no me gusta. En lugar de la medicina, yo respiro; cuando me siento extraña, cuando la enredadera habla por mí, respiro: inhalo tres tiempos, sostengo dos y exhalo tres. Justo ahora estaba respirando. Con el aire ahogo la enredadera, le quito la luz de la que se alimenta para crecer, mi luz interna. Yo solo espero que algún día se quede sin agua y pueda verla como un chamizo, seco y amarillo, al lado de un gran roble que quiso colonizar alguna vez.

Más de Natalia Rivero: Odio escribir

 

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