Quizá en el acto de rebeldía más irreverente, los cuenteros de Salitre siguen reuniéndose en la falda de una montaña, creyendo más que nunca en la oralidad como medio para transmitir cultura.

FOTO: Parque NASA. Cortesia Nelson Daniel Salazar, "Piel de oso". 

 

Desde la otra cuadra el parque se ve lleno. Todos con sus chaquetas gruesas y sus jeans de domingo, ocupan cada lugar de la falda de la montaña. Son las 5:10 p.m. y las plazas están llenas. O al menos esa es la leyenda. En realidad, hoy es sábado, las lluvias de febrero han arremetido contra los bogotanos y el frío es estremecedor. Ya faltan cuatro minutos para las seis de la tarde y en la falda de la montaña solo hay tres personas; y las risas, que antes eran sonoras, las opaca el ladrido de los perros que corren en la cima. Ya no es 2002. 

 

Antes de que este espacio iniciara, no era territorio de nadie. El Parque de la Cultura, por su nombre de pila, era solo un lugar de tránsito entre el centro comercial Salitre Plaza, Maloka y el terminal de transporte. Incluso cuando los cuatro grandes comediantes empezaron a llegar, el parque era solo la escenografía del teatro que construyeron a fuerza de cuerdas vocales, en las escaleras de Maloka. Tato Devia, Ricardo Quevedo, Bart y Jorge Torres ‘el diablo’, eran solo un grupo de conocidos que disfrutaban del arte de narrar. 

 

Con los años y la multitud de espectadores que iba en aumento, se volvió imposible para las autoridades de Maloka ignorar el uso de su espacio como un lugar de encuentro y tanto ellos como las historias, fueron desterrados. Sin embargo, en un acto quizá de resistencia, los narradores dejaron el centro tecnológico para situarse exactamente frente a él, del otro lado de la acera; justo en la falda de la montaña. Así, mientras Quevedo surgía como humorista y Tato encontraba su magia en el Stand Up, el parque dejó de llamarse “de la Cultura” y pasó a ser de los cuenteros e inició la historia de NASA: los Narradores de Salitre.

 

¿Ya leíste “La ciudad de lo impensable"?

En ese entonces, una multitud aglomerada era una multitud que resistía, porque mientras los cuentos inundaban los oídos de los salitrenses, en otros lugares del país, las multitudes eran temidas por sus repetidas asociaciones con bombas, producto del conflicto armado. Además, para aquella época las plataformas como Netflix no eran más que un sueño y el Stand Up no había tomado la fuerza que ahora tiene. Entonces las personas se sentaban en el parque a escuchar cuentos. 

 

Entre la comunidad, la asociación de vecinos, el equipo de NASA, los espectadores y la misma policía, empezaron a cuidar el espacio de los alcohólicos, los ladrones y los jíbaros. Y esta primera generación de cuenteros se convirtió en un ícono de barrio.

 

—El parque era una escuela de cuenteros —diría César Barrios, director del periódico de la asociación de vecinos ASOSALITRE, y el público, principalmente salitrense.

 

Los inconvenientes llegarían más tarde, cuando las familias dejaron de asistir. 

 

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, un joven ingeniero catastral, más tarde maestro del storytelling, enfrentaría por primera vez a un público diferente. Fabián David Ortiz, alias el Rockero Popular, sería, por 16 años, uno de los cuenteros más populares en la Plaza de Usaquén. 

 

Su carrera como cuentero empezó al mismo tiempo que su carrera como ingeniero, en una de las plataformas históricas de los narradores bogotanos: la Universidad Distrital. El diplomado en narración oral vendría después de un tiempo de presentaciones estudiantiles y sería el insumo para la construcción de cada acto de “poética”, como le gusta llamarlo, que lo llevarían a diferentes espacios de Colombia y del mundo. 

 

Por desgracia, la magia de este lugar, se vendría abajo con los desalojos violentos adelantados por la administración de Peñalosa y ejecutados por el ESMAD entre 2017 y 2018. La Resolución 076 de 2017, donde se aclaraba que el espacio debía ser ‘recuperado’ por un fallo del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, fue la excusa para justificar los desalojos. Lo curioso es que cuando el medio de comunicación Las2Orillas solicitó una copia de tal fallo, el tribunal afirmó que no existía registro de ese documento. Y la justificación del alcalde se esfumó al mismo tiempo que los artesanos, cuenteros, pintores y bailarines. 

 

FOTO: Cortesia Nelson Daniel Salazar, "Piel de oso".

 

Con Peñalosa, también se irían los recursos sectorizados para las áreas culturales de la ciudad, y serían reemplazados por las Becas Creativas, que se insertan en el tan desdichado discurso de la economía naranja y las industrias creativas. A través de este nuevo método, los artistas presentan proyectos artísticos y a los seleccionados se les da un monto de dinero para hacerlo realidad. Entonces no podemos hablar de un crecimiento del sector de la narración, sino de un solo artista. 

 

Sin embargo, en el parque de los cuenteros de Salitre, parecen no enterarse. Y aunque la elección del lenguaje y las historias subidas de tono terminaron por alejar a las familias del espacio, los jóvenes empezaron a aglomerarse frente a los narradores y la audiencia incrementó por unos años. Al menos hasta el cambio generacional y la aparición de Netflix. 

 

— Cuando Tato, Quevedo y los otros fundadores dejaron de presentarse en el parque, la audiencia bajó y a la nueva generación de narradores, especialmente a Oso [Nelson Daniel Salazar] y a Sebas [Juan Sebastián Rincón] les ha tocado esforzarse por mantener la audiencia —cuenta Fabián Ortiz. —Nosotros nos regimos bajo la regla de que así sea con una persona en la audiencia, hay función.

 

 

Ese sábado en el que se presentó Sebastián Rincón, veía desde las escaleras de Maloka que movía las manos y hacía ademanes frente a las pocas personas que se encontraban ahí. Cuando me acerqué, estaba hablando de sus experiencias en Transmilenio y pensé que el espectáculo no había iniciado, pero sus cambios en el tono de la voz y su juego con las palabras me hizo entender que desde el momento en que se sentó la primera persona, él se transformó en “El Hipster Barato” y se abrió el telón. 

 

—Sabemos que esa persona al siguiente día o a la siguiente semana volverá y traerá amigos —cierra Fabián.

 

Lo que pasó en las siguientes horas fue una pequeña obra de teatro o más bien una gran conversación. La crítica y el debate se sumaron a la experiencia de narradores consolidados, que contrario a lo que podría pensarse, se han preparado académicamente por años para que contar sea un arte al alcance de $3.000 pesos. 

 

—Vivir de esto no es fácil —dice Fabián —pero nosotros amamos lo que hacemos y aunque lo que nos dé de comer sea el trabajo en empresas como coachs y el Stand Up, seguimos soñando con los cuentos. 

 

Pero con cuentos que cuestionen, que critiquen, porque trabajan con fábulas urbanas construidas a partir de experiencias reales. Fábulas que quizá generen miedo, que sean la razón por la que les cierran los espacios y los desalojan; fábulas que sean símbolos de resistencia, para combatir el temor de tener una sociedad instruida que no piense, como los jóvenes sentados en el parque de ese sábado, que Stephen King es una mujer que cuenta historias cualquiera.

¿Te gustó el estilo de Ana Lucía?, mira: Por la danza del león y la Ciudad perdida

 

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