Carlos Fernando Galán, candidato a la Alcaldía de Bogotá 2020, estrecha la mano de quien saluda al tiempo que su mano izquierda sostiene a su espectador por encima del codo con un agarre contundente que pareciera decir “yo tengo el control”, pero algo dentro de todo lo que le rodea pareciera negarlo.

 

             FOTO: Carlos Fernando Galán. Tomada de la cuenta de  Instagram @carlosfernandogalan

 

Antes de que llegue al lugar de encuentro, Galán ya tiene todo un equipo arreglando cada paso que va a dar y cada pequeño detalle para un montaje perfecto. Como el escenario de un gran teatro que espera a que la obra comience con la llegada del protagonista, así está todo listo en la casa sede del candidato ubicada en la Calle 34 con Carrera 16. 

 

Las luces redireccionadas por un paraguas para fotografía y la cámara montada en un trípode están en su posición. El micrófono bajo la mesa listo para grabar. El pupitre de madera rectangular con la silla metida en él, está juiciosamente acomodado. En el ángulo perfecto, y sobre él, hay un reloj de arena de plástico con el que se pretende medir el tiempo exacto para cada participante. Solo falta que alguien grite “acción” para que el lugar se convierta en una escena perfecta de película donde todo está ubicado con meticulosa precisión.

 

Mientras que afuera reposan los carteles y toda la escenografía, dentro de la casa sede esperan pacientemente los ciudadanos que se han visto atraídos por la actividad propuesta por el equipo del candidato. Acomodados como fichas de ajedrez que aún no han sido puestas en el tablero que se despliega afuera, los tienen esperando. En la sala ubicada justo a la derecha de la entrada, se encuentran sentados dos hombres y una mujer que empiezan a interactuar en un intento de romper el silencio incómodo que se apodera del lugar.

 

Una persona fuera de la habitación comenta “ya llegó”, y al momento los tres ciudadanos se levantan casi al tiempo y se acercan al arco de entrada esperando poder estrechar la mano de la prominente figura que sonríe sin mostrar los dientes. El pasillo es estrecho y la gente de la sala a la izquierda de la puerta también sale amontonándose al observarlo saludar con un apretón de mano a los hombres, y un beso en la mejilla para las mujeres. Al soltarlos, deja caer los brazos a ambos costados apretando los puños para luego estirar los dedos como un niño al que no le gusta pasar a exponer al frente.

 

 Todos conocían a su padre y, por lo mismo, todos parecen esperar de él que sea una copia de Luis Carlos Galán, en el cual el espíritu revolucionario sea evidente y los valores e ideales se conserven. Si se va a la Plaza de Bolívar, aún es posible rememorar a las masas que seguían al líder liberal en una fría noche de 1985. Se veía a Luis Carlos bajando su brazo derecho en tono acusatorio, con el dedo índice estirado, mientras escupía cada palabra con sus fosas nasales hinchándose, retumbando con él. Con la boca ampliamente abierta proclamaba: “Derrotaremos a una casta política que merced a la manipulación de los instrumentos del Estado en forma abusiva ha querido oprimir al pueblo colombiano”.  Es posible recrear los chiflidos y la bulla que no se hicieron esperar. Es posible oír, como si fuera un coro bien organizado de aquellos que van preparándose para un crescendo, las voces que se sumaban hasta que al unísono rebotaban en las paredes: “SE VIVE, SE SIENTE, GALÁN PRESIDENTE”.

 

Pero Carlos Fernando no tiene ni un cuarto de la fuerza de su progenitor.

 

Al candidato le arreglan el micrófono en el cuello de su chaqueta roja, la cual lleva siempre perfectamente cerrada, incluso cuando azota el sol y trota para los focos entre los carros de la Avenida Suba con Calle 127. Pero ahora no está trotando, sino que se encuentra sentado tras la mesa, mientras frente a él han organizado, cual ejército, a los participantes de la actividad que le prepararon. En un principio, armaron dos filas, pero luego una chica de su equipo, con un blazer rojo que es el color de la campaña, observó atentamente la puesta en escena y decidió cambiarla. Dio una señal para que los asistentes armaran una sola línea; por “temas gráficos”, dijo.  Su idea era crear la perspectiva de una mayor asistencia al evento. 

 

El célebre personaje se mantiene con la espalda recta y una mano sobre la otra frente a él, a la vez que su cara no muestra emoción aparente. Su ceño está relajado y las comisuras de sus labios permanecen rectas, sin la menor inclinación. Simplemente espera que le den la orden de empezar la dinámica con una actitud parecida a la de un niño obediente. Sus cachetes redondos y abultados, un peinado hacía la derecha con la perfecta cantidad de cera para que ni un solo pelo se mueva de su lugar y un estado atento a las instrucciones de su equipo, refuerzan esa imagen.

Pero algo dentro de toda la escena falla de repente. La cara de Galán cambia a pesar de que sonríe levemente de vez en cuando sin mostrar los dientes. Empieza a arquear hacia fuera las cejas. Por su expresión, uno podría inclinarse a creer que se encuentra preocupado o estresado por la situación; incómodo. Si se tratase de un actor a punto de entrar en escena, casi podría declararse que está disimulando un ataque de pánico escénico.

 

Aquella imagen es efímera, ya que al momento en que su equipo le da la indicación al primer participante para que entre en escena y estreche la mano del candidato, Galán vuelve a interpretar su papel y le devuelve el saludo con su típica sonrisa, donde solo su boca se mueve, pero el resto de su cara no reacciona. Ambos se sientan y el protagonista del evento escucha la inquietud en total silencio, asintiendo constantemente como si toda su atención estuviese en

 

su interlocutor y no se diera cuenta en lo absoluto del montón de personas que tiene respirándole en la nuca.

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Pareciera que a Galán siempre están observándolo. Vaya a donde vaya hay cámaras que le documentan cada paso que da, y a las que les regala la misma sonrisa de siempre, esa que no deja ver más allá de lo planificado. Incluso hace un año, en abril, mientras estaba en la sala cóncava del Senado, donde es habitual el alboroto, Galán era observado. Existía un contraste evidente entre él y el ambiente que le rodeaba. Los demás senadores estaban fuera de sus sillas por el acalorado debate, había grupos repartidos por la sala que discutían en tonos acusatorios y agresivos, la mayoría daba manotazos con cada palabra señalando con ceños fruncidos y narices arrugadas que reflejaban rabia en sus rostros.

 

Si no fuera porque iban vestidos con traje y corbata, uno podría apostar que estaban a punto de ir a los puños y jalones de pelo. Como simios rabiosos que no escuchan más razonamientos que el suyo propio, más que un debate acerca de los problemas relevantes para el país, se desenvolvía en el senado el juego de quién gritaba más duro.

A pesar del ambiente tenso que le rodeaba, las actitudes físicas de Carlos Fernando Galán reflejaban que él no perdía los estribos, aunque sus palabras dejaban ver lo acalorado del debate. La discusión de aquel miércoles 11 de abril había comenzado con el Plan de Ordenamiento Territorial, pero fue desviándose a una denuncia, por parte del actual candidato, hacia los hijos del senador Álvaro Uribe por la compra de predios para desarrollar la zona franca en Mosquera, Cundinamarca. Las palabras que salían de la boca de Galán cargaban el peso de la acusación, con un tono grave y fuerte, acompañado de gestos de denuncia donde el dedo índice se mantenía estirado y el resto de los dedos encogidos en un puño mientras que la mano subía y bajaba una y otra vez con un ritmo semejante a la de un hombre martillando.

                              FOTO: Carlos Fernando Galán. Tomada de la cuenta de Instagram @carlosfernandogalan

 

El senador Álvaro Uribe se acercó erguido, con paso firme y apresurado, y las manos extendidas cual cuchillas hacia Galán, como si desease clavárselas directamente en el pecho. Mientras una de sus manos la metió en su bolsillo izquierdo, la otra la bajaba con agresividad a la par que reclamaba a gritos 120 millones de pesos que supuestamente había ganado la familia Galán con la fundación “Instituto Luis Carlos Galán para el Desarrollo de la Democracia”, fundación destinada a la enseñanza de ciencias, artes y técnicas que contribuyen al desarrollo democrático de la nación.

 

Galán, calmado pero alerta, más como quien calcula y no se deja llevar por sus impulsos, respondió que aquel dinero le entraba al Estado y ni un solo peso a su familia. Su voz y sus palabras eran contundentes, pero no mantenía la agresividad que caracterizaba el lugar en el que estaba. Mientras que el expresidente Uribe parecía un toro furioso embistiendo, con vaho brotando de su nariz, Galán era el ágil torero que le esquivaba con elegancia, sin sucumbir a sus provocaciones. De aquel encuentro, lo único que parece quedar es un semblante pensativo y preocupado; la impresión de un actor que no para de darle vueltas a cada elemento del papel que desempeña.

 

Al terminar de hablar con cada participante en su sede de campaña, Galán toma el reloj y le da tres golpes secos contra la mesa para que la arena pendiente en los bordes se desprenda y se junte con el resto. Como si se tratase de un ritual de preparación para entrar en escena, elabora el mismo proceso una y otra vez entre participantes. Aquello no es lo único que se repite, el staff de Bogotá para la Gente prepara el escenario una y otra vez para que la función con cada participante sea perfecta. Primero una chica va al micrófono colocado bajo la mesa y pulsa unos botones en él, luego el camarógrafo del trípode acomoda lo pertinente en la cámara, revisa el sonido y da una señal para que entre la siguiente persona en cuadro. Así crean cada vez una nueva burbuja entre Galán, el participante y la cámara. No es posible escuchar al resto de los asistentes, a menos de que hablen muy fuerte, debido a la distancia entre la mesa y el inicio de la fila.

 

Pasa entonces una muchacha más a quien escucha como a todos y procede a responder rutinariamente. Sin embargo, a mitad de la charla ocurre un imprevisto y el camarógrafo da la señal para detener la escena con un fuerte “corten”. Tanto Galán como la chica voltean a ver, callando de repente. Los ayudantes de campaña explican que se han quedado sin sonido por alguna razón que desconocen. Las manos de los asistentes de campaña vuelven a estar sobre el candidato. Le revisan el micrófono de su chaqueta y toman el otro dispositivo bajo la mesa para verificar qué ha pasado. El silencio se vuelve visiblemente incómodo entre ambos sujetos que están en la mesa esperando a que las cosas se arreglen, por lo que Galán, entonces, como si la paciencia se le agotara o como si tomase una licencia artística para improvisar, empieza a hablar nuevamente con la muchacha. No hay nada que registre su conversación.

 

Es mi turno. Me siento frente a él y su ceño permanece fruncido, aunque las comisuras de sus labios se levantan en un gesto amable. Miro atentamente sus ojos verdes con subtonos azules que están fijos en mí, y me pregunto si formarán también parte de la máscara con la que siempre da sus funciones. Lanzo mi pregunta dándole la oportunidad de dejar por un momento su papel. Por un segundo luce desconcertado y sus labios tambalean, rápidamente recupera la compostura y se mantiene en el mismo personaje de siempre. 

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