En los años ochenta y noventa surgieron en Bogotá saunas gays: espacios seguros y libres para esa comunidad. Hoy, casi 30 años después, Nicolás Silva Gómez se cansó de escuchar los rumores de lo que se encontraría allá, así que decidió visitar uno de ellos.

 FOTO: Nicolás Silva Gómez 

 

Una vez dentro de este lugar, desnudo, te das cuenta de que cualquier regla o prejuicio que tengas se pone en el casillero junto a tu billetera. Dejas a un lado tu nombre, apellido y lugar en la sociedad para convertirte en un sujeto que solo habita en un mundo de morbo y de placer.

 

Por cada minoría que hay en el planeta, hay mil rumores sobre ella. La comunidad gay no es la excepción. Se dice que, dentro de espacios como los cuartos oscuros, saunas gays o cabinas de internet pasan las perversiones más grandes jamás pensadas o que dichos comportamientos nunca estarían en la mente de ‘gente de bien’, pero la verdad es que dichos lugares fueron construidos en los años ochenta y noventa como espacios seguros y de libre esparcimiento de la sexualidad, para no vivir con el miedo que causaba exponerse a una sociedad ‘orgullosamente homofóbica’ de la época.

 

Estos espacios aún existen, pero ahora son como las ruinas griegas de los homosexuales. Hoy en día, a los jóvenes, les causa más curiosidad que necesidad de explorar su sexualidad. Aun así, siguen yendo personas cuya juventud, posiblemente, quedó atrapada allá y ahora se conforman con mirar a la nueva generación.

 

 FOTO: Nicolás Silva Gómez 

 

Había leído en algunos artículos que los saunas gays eran algo oscuro (literalmente), que no se podía ver nada. Tan solo escuchar y tocar. También encontré comentarios que afirmaban que era una experiencia muy consensuada, es decir, que yo mostraba lo que se viniera en gana. Por otro lado, leí que estos espacios eran la definición de fetichismo y lujuria comparables con el séptimo círculo de la Divina Comedia. Fue entonces cuando me cansé de leer y escuchar y decidí comprobar con mis propios ojos cuál era la verdad detrás del rumor.

 

Fui a un sauna gay muy cerca de la universidad en la que estudio. Busqué en internet, hasta que me topé con su usuario de Twitter; le escribí para saber horarios y precios, me respondió de inmediato, tomé mi maleta y me dirigí por el camino que me indicaba Google Maps. Al principio, dudé, pues está ubicado en una zona residencial y su entrada no lo delataba. Sin embargo, noté como solo entraban hombres y que la mayoría de estos, miraban a sus costados para asegurarse de que nadie los viera.

 

Una vez dentro, todo tenía una estética muy kitsch, incluyendo su recepcionista, que me recibió con una sonrisa un poco pícara (creo que sabía que era mi primera vez). Me dijo que había una oferta por mi edad y que mi entrada quedaba a la mitad del precio; solo había un requisito además de mis veinte años y era registrarme en el sistema. Pasé por un torniquete de bus para ingresar a una clase de lounge francés del siglo XVI, ambientada con una música muy familiar para mí: la presentación de Madonna en el Super Bowl de 2012. Me sentí bienvenido.

 

Subí unas escaleras y me encontré con un museo que narra un poco la historia LGBTIQ+ en Colombia; había afiches, esculturas y objetos conmemorativos. A pesar de que me hubiera gustado ver el museo, mis ojos solo prestaban atención a alguna señal que indicará el camino hacia el sauna. Finalmente, vi una puerta que separa zonas húmedas a zonas secas, asumí que era allí.

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Otro recepcionista, encargado exclusivamente de las zonas húmedas, no me miró a los ojos, solo la entrepierna, me entregó unas llaves y me dijo: “Por favor mete toda la ropa y objetos de valor en el locker, si no tienes sandalias dinos, porfa”. Me dirigí al casillero y me pregunté: “¿Toda la ropa? ¿Toda?”. Me acerqué nuevamente a él para confirmar, a lo que respondió con una leve risa: “sí, tooda”. Junto a mí, no había ningún otro cliente, pero me sentía incómodamente acompañado por el recepcionista y dos hombres musculosos con tanga en cuyas camisetas de salvavidas se leía: “Masajista.”

 

Con un poco de pena, me quité la ropa, mi corazón comenzó palpitar más rápido. No me pasaron ninguna toalla ni un taparrabos, solo tenía mis manos para cubrirme. Me sentí muy vulnerable, pero decidí merodear por los rincones. Primero, me topé con unas cabinas; cada una de ellas con un televisor viejo en el cual se transmitía porno de principios de la década pasada. De hecho, el lugar entero parecía estancado en el tiempo.

 

Luego de dar un par de vueltas, me encontré con otra escalera que ya me indicaba la entrada al sauna, pues el olor a eucalipto era inconfundible. Bajé y solo vi hombres mayores que yo. Sin embargo, además de la edad, había algo particular y evidente en ellos que me diferenciaba. Todos tenían un taparrabos o tanga narizona. Me sentí como una presa que iba a ser sacrificada en honor a Zeus en las ruinas homosexuales, pues todos me miraban. 

 

 FOTO: Nicolás Silva Gómez 

 

De inmediato, subí al lobby del sauna y pregunté por qué yo estaba sin nada con que cubrirme y los demás sí. El recepcionista ni volteó a verme: “es que tú eres promoción”. En mi cabeza, pensé: “¿O sea que yo soy la promoción, qué onda?” Un poco molesto, le dije: “ok, ¿cuánto cuesta un taparrabos?” A lo que él respondió: “No puedes pagarlo porque eres pollo 1.” Para entonces ya tenía mi primera regla: para sobrevivir a un sauna gay debo tener más de treinta años.

 

Volví a bajar y encontré a más pollos, por lo que me sentí más cómodo. ¿Dónde se escondían? Seguí a algunos hasta que llegué al jacuzzi. Decidí meterme. Las burbujas lograban distorsionar la visión de mi pene. Junto a mí, había cuatro hombres más, uno en cada esquina del jacuzzi, nadie conocía a nadie, nadie hablaba con nadie. Era incómodo pues todos se miraban por no más de dos segundos. De pronto, uno de ellos se quedó mirando por más tiempo al que estaba a mi derecha. Noté que la mirada era recíproca.

 

Entonces, después de unos segundos, se retiraron, uno tras el otro. Mientras tanto, había un chico como de mi edad que se la pasaba caminando de sauna a turco, de turco a la piscina, de la piscina al jacuzzi y repetía la rutina. Así saqué mi segunda y tercera regla: si quieres conseguir algo más que una charla, debes mirarlo por más de unos segundos y esperar a que te devuelva la mirada y, la tercera, que no se te note la desesperación.

 

Ya había pasado un buen tiempo. El lugar se había llenado más y mi pudor se fue perdiendo con el sol. Ingresé al turco, pero me traicionaron mis ojos, pues tengo anteojos, y apenas ingresé se empañaron limitando mi vista haciéndome ver un poco patético. Me los quité, pero con lo poco que alcanzaba a observar, noté que las posiciones en las que se sentaba eran muy dicientes.

 

Había hombres a quienes les interesaba que se les viera el pene forrado en su taparrabo mientras que otros optaban por mostrar un poco más de su retaguardia. Curioso lenguaje, pensé, pues era indudable que no importaba nada más, solo el cuerpo y su comunicación con el otro. 

 

No existía un “hola”, solo una leve sonrisa y una breve indicación de lo que se querían. Tras este análisis, llegué a mi cuarta y quinta regla: la posición en la que está tu cuerpo ya es suficiente, no tienes que decir nada más; y, para sobrevivir a un Sauna Gay, tienes que olvidar la regla número uno.

 

FOTO: Dimitri Houtteman. Tomada de Pixabay

 

Fue entonces cuando puse en práctica mis reglas para ver qué podía conseguir. Cambié de ambiente, ahora estaba en la piscina, por alguna razón no había nadie excepto un hombre de 30 o 40 años. Me le quedé viendo por más de unos segundos, él a mí, le sonreí. Se acercó y rompí mis reglas, le dije “hola.”

 

Se detuvo, sonrió y se acercó un poco más para hablar. Me respondió de forma muy amable y empezamos a tener una charla, como la que uno puede tener en un bar con un extraño. Me contó que era dueño de unos almacenes de San Victorino y que hace poco había terminado con su pareja; frecuentaba estos lugares para quitarse el estrés. En verdad, estos espacios quitan los prejuicios, reglas o estereotipos, pues jamás pensé que un vendedor de San Victorino me pusiera su mano en mi pierna y me dijera que tenía un cuerpo lindo.

 

Seguimos hablando un rato más. Le conté que tenía novia y que solo estaba probando cosas nuevas, le pregunté si tenía familia pero se negó a hablar al respecto. Respeté esta decisión, pero el silencio me dijo todo lo que tenía que saber. Las manos del señor se paseaban traviesas y yo no quería que pasarán de ahí, por lo que le dije que me tenía que ir. Me insistió en que me quedara, pero volví a rehusarme. Entendió completamente y me dejó ir. En los saunas, a diferencia de muchos lugares normativos, sí hay consentimiento de las dos partes. Tomen nota: no es no.

 

Al finalizar mi día de relajamiento gay, fui a los casilleros, le pedí una toalla al recepcionista y me la dio. Me vestí y fui al tocador, donde había un secador, gel y varios artículos más de belleza. Supuse que, para algunos hombres, tener el pelo mojado no podía ser una opción, pues los delataría.

 

Mientras salía del recinto, todos me dijeron de forma muy alegre que me esperaban ver pronto, les respondí que por supuesto que sí. Aunque la respuesta verdadera, pensé, era: por supuesto que no. Hay dos razones fundamentales por las que no volvería, la primera es que soy una persona realmente higiénica y estos espacios claramente no son sinónimo de limpieza (de hecho, al día siguiente tuve unos síntomas tan fuertes que fui al hospital, pues pensé que me había infectado de algo, pero no fue así).

 

La segunda razón es que veo este espacio como lo he dicho antes: estancado en el tiempo. Unas ruinas griegas, que aún producen erotismo, fetichismo y morbo, pero que igualmente nos recuerdan una época triste, en la cual estos espacios nacieron, como una ratonera en la que se podía ser gay.

 

Si te gustó esta crónica te encantará Violeta

 

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