Directo Bogotá conversó con la escritora chilena Diamela Eltit, invitada especial a los Premios Nacionales de Periodismo Simón Bolívar, sobre la dictadura, las protestas actuales en su país y en la región, su obra y el panorama literario contemporáneo. 

 FOTO: Captura tomada del video oficial del Premio Simón Bolívar 

 

Podríamos decir que Diamela Eltit es una escritora que se ha interesado en lo otro, en los márgenes, en lo poco hegemónico o poco visibilizado. Durante la dictadura de Augusto Pinochet hizo parte del colectivo artístico Colectivo de Acciones de Arte (CADA) junto a otros poetas y artistas como Raúl Zurita y Lotty Rosenfeld, junto a quienes realizó performances como Zona de dolor, que se preguntaba por el sufrimiento y la resignificación del espacio público bajo el régimen. 

 

En 2018 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura en Chile. Ha ejercido también como profesora y profesora invitada en universidades como Columbia, Nueva York University, Berkeley y la Universidad Tecnológica Metropolitana de Chile. Algunas de sus novelas son Lumpérica, (1983), El cuarto mundo (1988), Los vigilantes (1994), Jamás el fuego nunca (2007) y Sumar (2018). Entre su obra también se encuentran ensayos, como Emergencias; Escritos sobre literatura, arte y política (2000) y testimonios, como El padre mío (1989). 

 

Directo Bogotá (DB): Lumpérica, su primera novela, se publicó en el año 1983, cuando Chile estaba bajo la dictadura del general Augusto Pinochet. ¿Cómo fue publicar en este contexto una novela que habla sobre el espacio público y el lumpen, lo marginal? ¿Cómo eran los espacios de expresión artística durante la dictadura?

 

Diamela Eltit (DE): Yo había estudiado literatura y, por lo tanto, estaba en esa dirección. No porque hubiera dictadura publicaba un libro, sino que mientras yo iba hacia allá se produjo una dictadura. Fue catastrófico, no solo para mí, sino que yo me incluyo en los millones para los que fue catastrófico. Fue un periodo muy largo: 17 años. Y se salió, aunque ahora, al igual que Colombia, hay un nuevo dilema, una crisis bastante intensa, efecto, en nuestro caso, de una economía neoliberal que se implantó precisamente bajo la dictadura, con la privatización de prácticamente todas las empresas públicas, incluida el agua. 

 

Los espacios durante la dictadura los creábamos nosotros, la gente que estaba contra la dictadura. Nos reuníamos con personas afines, hacíamos encuentros, discutíamos, pensábamos, porque era una minoría. La mayor parte del Establishment literario y visual de la época salió al exilio. Pero también una experiencia importante para los que estábamos allá fue poder pensar en arte y estética bajo dictadura. Fue importante quedarse. 

 

FOTO: Así titulaban los periódicos el Golpe de Estado en Chile

 

DB: En ese caso, ¿cómo opera la denuncia desde la estética y lo literario? ¿Qué ocurrió en el panorama literario de Chile después de la dictadura?

 

DE: Chile fue el primer país latinoamericano en el que se implementó el proceso neoliberal, a través de quienes se llamaron Chicago Boys. Ya llevamos casi 50 años. Allí se estableció que el mercado regulaba todo. Eso fue introduciendo el “yo” sobre el “nosotros”, siguiendo la política económica de la apuesta del yo, del self. Por lo tanto, muchos mercados editoriales en América Latina se fueron hacia las literaturas selfies, donde la gente habla de su vida…No porque eso no tenga importancia, pero la arremetida 'selfie' en la literatura desechó en cierto modo la ficción, que es un poco más descentrada. La ficción puede tocar puntos que no tienen que ver exactamente con un realismo o con una verosimilitud. Puede llegar a apuntar a cuestiones sociales de envergadura, y creo que ese self desenfocó un poco la mirada social. El neoliberalismo entró porosamente: la idea del éxito, de ser reconocido, del viaje, que no es que los libros viajen, sino que viajan los autores…el sistema literario también se neoliberalizó.

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DB: ¿Cómo crear un colectivo, cómo subvertir esa fijación en el self

 

DE: Eso lo tienen que hacer los escritores, cada escritor. Yo creo todavía en los colectivos, sobre todo en las comunidades. Pienso que es importante tener una comunidad literaria. Y lo veo difícil por la penetración neoliberal, y la persecución de un lugar que en realidad no existe, porque no hay meta. Tal vez la única meta es terminar un libro, pero veo que es un camino muy solitario: correr solo hacia una meta que no sé cuál es. También pienso en las movilizaciones actuales y en su renacer: establecernos en comunidad con todas las diferencias, pero que las diferencias no sean quién ocupa este lugar, quién gana este premio, sino que sean estéticas. Eso es lo interesante: discutir estéticas. 

 

FOTO: Movilizaciones en Chile. Tomado de Pixabay. Usuario: Mauroperez

 

DB: Hablamos de construir comunidades y del culto al yo que vivimos actualmente, y pensamos en su libro El infarto del alma. Esta comunidad anónima y marginada, fuera del sistema. Háblenos de la experiencia de visitar el manicomio de Putaendo y escribir este libro…

 

DE: Lo que ocurre es que la situación de ese hospital y de las personas que están ahí es muy compleja. Tú no puedes llegar con un lenguaje, a mi juicio, lineal, entendiendo que ahí hay otras miradas desde los sujetos asilados, que ellos están en una frecuencia otra, que no es exactamente la que el sistema pide. Por lo tanto, mi intención fue dislocar el discurso único para llegar al lugar. Por eso esa aproximación desde la multiplicidad de registros. Cuando yo hablé de amor, no hablé en el sentido tan tradicional ni romántico, sino de cómo se forman parejas para la sobrevivencia.

 

Estaba preparada para eso, por supuesto: ya había hecho un libro con un sujeto bastante interesante que vivía en un sector muy solitario. Era lo que clínicamente se define como un 'esquizofrénico', y tenía un discurso muy poderoso. Ese libro se llama El padre mío. Por otro lado, es un hospital público, donde llegan los sujetos desvalorizados, devaluados, y no salen de ahí: son crónicos. Es una mirada horizontal, no vertical, no asimétrica. Para mí fue, por supuesto, dramático, tan dramático como entrar a una sección crónica de cualquier hospital, y fue importante repensar ese lugar después para escribir. 

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DB: Por otro lado, toda su vida se ha dedicado también a la docencia. ¿Cómo entiende usted el ejercicio de enseñar literatura, sobre todo en este momento histórico?

 

DE: Yo siempre he estado en la docencia literaria y toda mi vida se ha cerrado sobre ese horizonte: estudié literatura, enseño literatura, estoy en la universidad de Nueva York enseñando escritura creativa, que se puede enseñar si la entendemos como pensar en conjunto con los estudiantes la cuestión de escribir. Nunca lo he visto como algo dicotómico, porque está en el área de mis intereses y tiene que ver con estudiar. Para enseñar tienes que estudiar. Me ha permitido volver sobre mis dilemas y, por otra parte, le he aprendido a los estudiantes, porque realmente hay cosas que para mí han sido muy iluminadoras en relación a sus intervenciones. También he tenido la suerte de estar con muchas generaciones, lo que me permite ver los movimientos entre ellas. Es una extensión de escritura, de hablar de literatura, de explorar más el carril.

 

FOTO: Protestas en Chile y movimiento social y ciudadano. De Carlos Figueroa, tomada de Wikimedia commons

 

DB: ¿Cuál es, para usted, el papel de la literatura actualmente? ¿Y el papel del periodismo, en este mercado neoliberal?

 

DE: Es lo que yo creo, puedo estar equivocada. Nunca he creído que un libro cambie la vida, ojalá la cambiara. Por otra parte, si tú me preguntas cuál es el deber de un escritor o un artista, es escribir sus libros. Pero no hay ningún libro que no tenga una política. Incluso no tener una política es tener una política. En ese sentido, tú puedes leer claramente la dirección del libro y la recepción de ese libro, puedes leer un entorno social, cómo lo está operando. Los libros nos permiten pensarnos más. 

 

Por otro lado, vengo de una larga tradición de periódicos censurados, de 'derechización' de los propietarios de medios en Chile, todos los alternativos cerraron. Lo que sí pasa es que incluso en los medios hay zonas porosas, hay ciertos periodistas que logran filtrar algo. Es muy interesante cuando entras en estos 'microespacios' y los puedes leer con cierta facilidad. Eso pasa a veces en las secciones culturales, donde hay espacios porosos, y si uno se fija, ve que el medio se discute a sí mismo en esos espacios. El tema es cómo fortalecer los otros espacios, y claro, están cerrando periódicos en papel, están despidiendo periodistas…pero como todo, hay que esperar a ver qué pasa. 

 

DB: ¿Cuál es el panorama que usted ve para América Latina actualmente? ¿Qué papel le queda a la Academia? 

 

DE: Hay que aprender de la gente del día a día, de quienes están en la calle protestando, y no privilegiar unos saberes sobre otros saberes. Hay que escucharlos. La tarea para los historiadores, para los escritores y demás es escuchar esas voces, darle vuelta al pensamiento de élite y oír la gente que está pidiendo nuevos escenarios sociales. En Chile, por ejemplo, hay una nueva comunidad que se ha restaurado en alegato. Esos alegatos estaban fragmentados, pero esta vez se juntaron y han salido a la calle. Y yo creo que el gran amor de una sociedad es mantener la comunidad, y creo que eso se está restableciendo. Ya no es el yo, se está restableciendo un nosotros. Vamos a ver para dónde caminamos. 

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